lunes, 25 de abril de 2016

CUBA FEUDO AMERICANO... HASTA QUE LLEGO FIDEL....

En enero de 1959, Fidel Castro entró en La Habana. El día 2 de enero, en la sala de Directorio del Chase National Bank de Nueva York, en Manhattan, se reunieron los representantes de los consorcios financieros Morgan, Rockefeller, Mellon y Kuhn y Loeb, dueños de las riquezas naturales de Cuba. Se acordó esperar, a ver "¡qué hace este loco de la barba!".

El loco de la barba hizo estallar, en el patio trasero del imperio del petróleo, Texas, como pompas de jabón, todo el dominio comercial de Cuba por parte de los consorcios de Manhattan.

La historia de Cuba, hasta ese día de enero de 1959, fue así:

Durante los últimos veinte años del siglo XIX, los intereses bancarios de Nueva York se interesaron por el azúcar cubana. En el año 1896, ya tenían en su poder el equivalente a 30 millones de dólares. La Bethelehem Steel (de los Kuhn y Loeb en sociedad con los Rockefeller), consiguió concesiones en minas de fierro, níquel y manganeso. En 1910, los esfuerzos combinados de Rockefeller, Kuhn y Loeb, Mellon y Morgan, poseían azúcar y minas por valor de 50 millones» de dólares en Cuba. Ocho años antes, los infantes de marina norteamericanos habían dejado Cuba, pero seguían en la base de Guantánamo, pagando dos mil dólares... al año, de arriendo. El día antes de que Fidel Castro entrara en La Habana, el 31 de diciembre de 1958, el capital privado norteamericano controlaba el 90 por ciento de la electricidad y los teléfonos; el 50 por ciento de los ferrocarriles; el 40 por ciento de la producción de azúcar; y cantidad indeterminada de las minas de fierro, niquel y manganeso... y la prospección de petróleo.

El año 1959 transcurrió en la duda para los directores financieros en la sala color caoba del Chase National Bank de Nueva York. Pero en el amanecer del año 60, Castro fue preciso: nacionalización total. Pánico en Manhattan. Ordenes para la Casa Blanca. Y bajo la supervisión de Eisenhower, el Departamento de Defensa comenzó el estudio de la "Operación Pluto".

La Operación Pluto era la invasión de Cuba, que se transformaría en el fiasco de Bahía Cochinos, del lunes 17 de abril, de 1961... Regalo de la administración de hombres de negocios de Eisenhower... a la nueva administración de Kennedy.

Y Kennedy hizo fracasar la "Operación Pluto".



lunes, 18 de abril de 2016

HISTORIA DEL EJERCITO DE VENEZUELA... Y EL ERROR DE LA CONSTITUCIÓN DE 1999 LLEVARÁ A UN GOBIERNO MILITAR

La creación del Ejército Nacional y profesional de Venezuela

En el siglo XIX venezolano, el estamento militar, que entre 1811 y 1824 logró con su sangre y sus sacrificios la independencia, tuvo a partir de 1830 un peso desmedidamente inferior a lo que sus proezas militares se pensaba le daban derecho. Los fueros militares fueron abolidos en 1830.

El único intento serio de hacer que el estamento militar de la independencia se erigiera en un poder capaz de condicionar al Estado, de gobernar al gobierno, o ejercerlo directamente, fue el de la desgraciada "revolución de las reformas" de 1835, la cual fracasó porque el general Páez, quien se pensaba se pondría al frente de ella, la derrotó y puso en su lugar a los militares.

Apartando este hecho aislado y atípico, ni uno solo de los gobiernos ejercidos por militares en el siglo pasado fue militarista en el sentido estricto y moderno del término. Todos fueron gobiernos partidistas de una idea, una bandera o un caudillo, eso sí, con una fuerza armada propia. Ni uno solo de sus grandes caudillos, Páez, Monagas, Guzmán Blanco y Crespo fueron militaristas.

Eso explica en parte por qué no crearon un ejército profesional y permanente. La idea de crearlo era aborrecida por quienes podían hacerlo. Guzmán Blanco rechazó la idea de crear una escuela militar con el argumento de que podía convertirse en un vivero de godos. Y no le faltaba razón. Eso fue lo que sucedió en Chile.

La reforma militar del general Ramón Guerra durante el segundo gobierno de Crespo se refería a su equipamiento y su organización, no a la creación de un estamento militar profesional permanente y autónomo. Eso era anatema al pensamiento liberal, además de ser una amenaza a los caudillos regionales en cuyo sistema de equilibrio y acuerdos de mutuo apoyo y respeto se basó el sistema creado por Guzmán para gobernar a un país que se había vuelto ingobernable por la demencia federal.

La ferocidad de las guerras civiles que se inician en marzo de 1898 con el "grito de Queipa" dado por el "mocho" Hernández tras el fraude electoral del cual él había sido víctima en 1897, concluyeron cinco años después, en julio de 1903, cuando Juan Vicente Gómez derrotó en Ciudad Bolívar a Nicolás Rolando, el último de los caudillos de la Revolución Libertadora.

La experiencia de la guerra de la Revolución Libertadora llevó a Castro y a Gómez a entender y aceptar la necesidad y la conveniencia de crear una fuerza armada profesional y permanente, como se estaba haciendo en otras partes del mundo.

Cipriano Castro sentó las bases reglamentarias y mandó a construir el edificio que le serviría de sede a la Escuela Militar. Pero su carácter anárquico, disoluto, desorganizado y arbitrario derrotó su propósito. Fue Juan Vicente Gómez quien inauguró y puso en marcha en 1910 la Escuela Militar y a quien se le debe la creación del Ejército Nacional.

Hasta donde he podido indagar, quienes estaban próximos a Gómez y tenían las ideas más claras para crear un Ejército moderno eran los generales Francisco Linares Alcántara, quien había estudiado en West Point, y Félix Galavis. Hay consenso en que fue el coronel chileno Samuel McGill quien más trabajó y mejores resultados obtuvo en la marcha de primeros años de la Escuela Militar y en la tarea de organizar, equipar, disciplinar y vestir el Ejército que Gómez crea entre 1910 y 1913. En sus memorias, el coronel McGill nos deja una página que describe con gran elocuencia esta etapa de la historia del Ejército:

"Desde la época gloriosa de las guerras de la Independencia, en que el Ejército de Venezuela paseó victorioso su bandera por todo un continente, el Ejército había ido degenerándose hasta el punto de apenas ser digno de este nombre, todo por las constantes conmociones políticas en que se veía envuelto constantemente el país. Se mantuvo la institución en tal atraso y abandono que en la mayoría de los cuarteles los soldados dormían en el suelo por carecer de camas, los edificios destinados a tales fines carecían de toda clase de confort para la vida de las tropas. Se les mantenía en la mayor ignorancia, eran masas analfabetas. Para su aseo corporal eran llevados a los ríos más cercanos y allí aprovechaban para lavar las ropas que llevaban puestas, las secaban al sol y luego esperaban para volvérselas a poner. No usaban zapatos, sino alpargatas; los zapatos sólo se ponían incidentalmente, en el caso de tener que rendir honores a algún personaje nacional o extranjero o para asistir a algún entierro decretado por la superioridad militar. La oficialidad, como uniforme, llevaba generalmente una blusa azul abotonada en el cuello, por debajo un chaleco, el pantalón muchas veces era civil, la cabeza cubierta por un pequeño kepis, estilo francés, y terciado en el hombro un machete que colgaba de una banda de tela tricolor como de 10 centímetros de ancho. Este cuadro no podía ser más desalentador para el espíritu de un buen patriota".

La reforma militar de 1910 se hizo en tres frentes: el institucional, el organizativo y el de vestuario y equipamiento con material de guerra moderno.

Pero lo más importante era la idea de que el Ejército debía ser profesional y permanente y una fuerza al servicio del Estado central, defensora del gobierno y de las leyes, no de los caudillos. A éstos, Gómez los atrajo a su causa, cuando ello fue posible y los hizo parte de su gobierno entre 1909 y 1913. Cuando no fue posible, porque éstos regresaban a sus viejas prácticas, los persiguió, desarmó, exilió y encarceló con dureza.

El progreso institucional del Ejército de Gómez respondía a la aplicación de la doctrina militar de sus días, de entender al Ejército como un cuerpo apolítico estrictamente disciplinado, obediente, subordinado al gobierno central y no a partidos ni caudillos.

Mientras la preparación militar de los oficiales montoneros que habían aprendido a guerrear en el campo, se mejoraba con cursos; en la Escuela Militar que empieza a funcionar en el centenario de la Independencia en 1911, se forman los nuevos profesionales militares.

La creación del Ejército profesional y permanente por Gómez fue simultánea y complementaria a la organización del gobierno central, de su Hacienda Pública y su administración. Su objetivo primordial era la aniquilación de los caudillismos regionales, para lo que fue objetivo constante de Gómez la imposición de la paz en un país que, sin haber sido nunca militarista, no había cesado de guerrear.

El objetivo de la paz se logró. Cuando en 1935 Gómez muere, Venezuela había vivido por primera vez en su historia 27 años de paz, el gobierno tenía un Tesoro sano y solvente, no debía un céntimo fuera o dentro, poseía una Hacienda organizada y tenía un Ejército bien equipado, con bases sólidas de profesionalismo y disciplina. Sin esto, los gobiernos de López Contreras y Medina no hubieran podido hacer lo que hicieron.

El 18 de octubre de 1945 se dio el gran salto atrás. Buena parte de lo que se había logrado progresar desde 1910 sufrió un brusco retroceso.

Para calibrar acertadamente las normas y los principios constitucionales que hasta 1998 ordenaban y regulaban el poder militar, es conveniente comparar someramente las que hoy la ordenan y regulan con las que lo regulaban en la Constitución de 1961.

La Constitución de 1961 tenía tres artículos referidos a las Fuerzas Armadas. El artículo 331 era la continuación del principio de subordinación de la autoridad militar a la autoridad civil, contenida en todas las constituciones venezolanas desde 1811 y que se expresaba -entre otras cosas- en la obligada intervención del Poder Legislativo -en la mayoría de los casos a través del Senado- para autorizar ascensos militares de alta graduación. El artículo 131 repetía la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad civil y militar. El artículo 132 condensaba magistralmente la doctrina de lo que deben ser las Fuerzas Armadas de un Estado democrático. Hoy hay que recordar su letra:

"Las Fuerzas Armadas Nacionales forman una institución apolítica, obediente y no deliberante, organizada por el Estado para asegurar la defensa nacional, la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto de la Constitución y las leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación. Las Fuerzas Armadas Nacionales estarán al servicio de la República y en ningún caso al de una persona o parcialidad política".

La Constitución de 1999, eliminó la subordinación del poder militar al poder civil, cancelando el requisito de la autorización para los ascensos a oficiales superiores; eliminó la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad militar y la civil, con lo cual abrió la puerta para la doctrina de la llamada "unión cívico militar", que no ha sido otra cosa que la militarización del Estado; eliminó del texto de la Constitución el carácter no deliberante y apolítico de la institución militar, lo cual abría teóricamente el camino para que la Fuerza Armada como tal y los oficiales como individuos deliberaran políticamente, intervinieran y dieran su parecer sobre asuntos propios de los cuerpos deliberantes de la República; aunque en la práctica, como se ha visto, ello no ha sido así, pues hay oficiales imputados del delito del ultraje a la Fuerza Armada por haber emitido opiniones adversas a las políticas y las prácticas militares del gobierno.

Lo que es más significativo de lo que en 1961 se ordenaba y ahora no se ordena es que la Constitución de 1999 eliminó la obligación expresa de la Fuerza Armada de velar por la estabilidad de las instituciones democráticas y de respetar la Constitución y las leyes que -como lo decía el artículo 132- "su acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación".

En contraste con lo que se eliminó y omitió, se le otorgó a los militares el derecho al sufragio, lo cual parece incompatible con los principios militares de obediencia, disciplina y subordinación; se le otorgó a la Fuerza Armada competencia de policía administrativa, y se le acordó a los oficiales superiores el privilegio del antejuicio de mérito, que es una versión moderna de los antiguos fueros militares eliminados por la Constitución de 1830.

Lo más importante fue que se introdujo por primera vez en la historia constitucional de Venezuela la doctrina de la seguridad nacional y defensa integral. Semejante postulado no se encuentra en ninguna Constitución del mundo ni siquiera en las de los regímenes militares y militaristas. Según esta doctrina, todo, absolutamente todo, concierne a la seguridad del Estado, incluido el desarrollo económico y social. Con esto se sentó la base para la creación del tutelaje militar de todos los poderes del Estado.

Esta breve comparación entre lo que constitucionalmente regulaba el poder militar en 1998 cuando Chávez fue elegido presidente, y lo que hoy lo regula, requiere un examen de su genealogía histórica, que responda a estas inquietudes: ¿cómo y cuándo se creó el Ejército profesional y permanente venezolano?, ¿cómo se llegó a la formulación de la doctrina del Ejército del Estado democrático contenida en el artículo 132 de la Constitución de 1961?, ¿por qué y para qué se ha dado el salto atrás de la doctrina de la Seguridad Nacional, que regresa al Ejército de Venezuela al partido armado que era en los días de Joaquín Crespo?

Los gobiernos de militares no fueron militaristas

Sin examinar y repasar cuidadosamente todo lo que desde el punto de vista militar nos trajo a 1999, no podremos apreciar en toda su trágica dimensión la brutal regresión involutiva que significó la aprobación del Título VII de la Constitución bolivariana de 1999 y el enorme peligro que ella traía en su vientre, que hoy muestra lo que con ello se puede hacer y deshacer y la índole del caos anárquico al cual nos avienta y la opresión a la cual lleva.

Los pocos intentos que se han hecho para contar la historia del Ejército que combate y vence en Carabobo en 1821 y llega a la formulación de la doctrina venezolana de la Fuerza Armada del Estado democrático, concretada en el artículo 132 de la Constitución de 1961, son insuficientes para su buena inteligencia.

Esta historia corre desde la concepción doctrinaria y legal de lo que era la fuerza armada que defiende el territorio de lo que para 1777 se integró bajo la autoridad de la Capitanía General de Venezuela, con sede en Caracas; y en la cual se formaron militarmente -entre otros- Bolívar, Ribas y Sucre; pasa de allí a la formulación constitucional de las normas de lo que debía ser el Ejército de la República que se independiza en 1811, plasmadas en las constituciones de 1811, 1819 y 1821; llega al hito importante de la definición del poder militar de la Constitución de 1830, que ratifica el principio de subordinación del poder militar al poder civil establecido en las Constituciones precedentes; y da un paso de avance de gran significación cuando cancela y niega los fueros militares y eclesiásticos y crea la República laica y civil que otros pueblos hispánicos no lograron sino muchos años después.

Esa República colapsa en 1848 y estalla en mil pedazos diez años más tarde con la Guerra Federal que cancela todo vestigio de Ejército Nacional, y la Fuerza Armada se convierte en el ejército o los ejércitos de partidos, caudillos y facciones. Esto se reforma radicalmente en 1910 bajo el mando del general Juan Vicente Gómez, cuando se dan los primeros pasos para crear al Ejército Nacional profesional y permanente, al servicio del gobierno central con exclusión absoluta de ejércitos regionales. Este es el Ejército que, por una vía tortuosa repleta de contradicciones, llega a la formulación de la doctrina de la Fuerza Armada del Estado democrático, contenida en el artículo 132 de la Constitución de 1961.

Este brevísimo esquema se complementa con la advertencia necesaria para disipar el espejismo que falsifica la visión de la historia de Venezuela y que lleva a muchos a creer que su historia es de militares y militarismos. Eso es falso. Ningún gobierno de Venezuela, ejercido por militares hasta 1945, fue militarista. El primer gobierno militarista de Venezuela fue el de Marcos Pérez Jiménez. Y fue derrocado por militares. El segundo, probablemente vendra a raiz de este craso error constitucional..

Es verdad que de todos los gobiernos de los 70 años de historia de la República de Venezuela entre 1830 y 1899, sólo 6 años y 4 meses fueron de gobiernos presididos por civiles y 63 años y 8 meses fueron de gobiernos presididos por militares. Es verdad que de los civiles presidentes del siglo XIX José María Vargas fue derrocado en 1835 por la revolución militarista llamada "de las reformas", pero también es verdad que fue repuesto en el poder por el general Páez y este hecho es muy elocuente para demostrar la veracidad de mi tesis. El segundo civil presidente, Manuel Felipe Tovar, a quien en 1860 le tocó la desgracia de sufrir como vicepresidente del general Julián Castro -el más torpe e inepto de todos- se vio obligado a reemplazarlo, para luego tener que renunciar ante la imposibilidad de detener la demencia de la Guerra Federal y ser sustituido por el vicepresidente Pedro Gual, quien tres meses después fue derrocado por el general Páez. Otra de las trágicas ironías de nuestra historia.

Es verdad que el único presidente civil del siglo antepasado que concluyó el período de dos años para el cual fue elegido en 1888 fue Juan Pablo Rojas Paúl. Y también es verdad que fue sustituido por Raimundo Andueza Palacio en 1890, quien fue derrocado en 1892 por la revolución "Legalista" del general Joaquín Crespo.

También es verdad que los gobiernos de los generales Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita cubren los primeros 45 años del siglo XX. Pero lo que también es verdad es que los gobiernos de militares de 1830 a 1945 no fueron militaristas.

El virus de la patología militarista, traído de Perú, Chile y Argentina por oficiales que estudiaron allá, se inicia en 1945 con los militares de la logia conspirativa Unión Militar Patriótica, creada por Mario Vargas y encabezada por Marcos Pérez Jiménez, que el 18 de octubre de 1945 derrocan al gobierno civilista del general Isaías Medina Angarita.

Entre 1945 y 1948, Venezuela fue gobernada por una "Junta Revolucionaria de Gobierno", presidida por el civil Rómulo Betancourt, que llegó al poder de mano de los militares militaristas que formaron parte de la junta y fueron los que habían derrocado a Isaías Medina en el golpe militar del 18 de octubre de 1945. Así y entonces entró en Venezuela el germen del populismo militarista que campeaba en el mundo hispanoamericano, con el ejemplo emblemático de Juan Domingo Perón, el cual se expresará en los gobiernos de Mercado Jarrín y Velasco Alvarado en Perú.

Al brevísimo gobierno de nueve meses de Rómulo Gallegos, de febrero a noviembre de 1948, le siguieron 10 años de gobiernos de militares militaristas. Todos los gobiernos de 1948 a 1958 fueron nombrados por el Alto Mando Militar. Todos fueron militaristas.

Es verdad que de las 52 presidencias que ha tenido Venezuela en los 169 años que van de 1830 a 1999, 17 fueron ejercidas por civiles durante 53 años, y 35 lo fueron por militares, durante 116 años. Pero estos hechos y estas magnitudes brutas forman un gigantesco espejismo de falacias, en el cual se han ahogado los que hacen uso superficial e indebido de la etiqueta de militarismo.

En estricto sentido, esa etiqueta no es aplicable a la mayor parte de los gobiernos presididos por militares. A pesar de las apariencias, ni uno solo de los gobiernos ejercidos por militares entre 1830 y 1945, ¡ni uno solo!, merece el calificativo de militarista en los términos que esto se entiende en la historia contemporánea y se aplica a los regímenes militaristas de Alemania, en Europa, o de la Argentina, Brasil, Chile y Venezuela. Estos se refieren, en todos los casos, al poder y la influencia institucional del estamento militar en el gobierno y su derecho a ser un poder de hecho o de derecho dentro del Estado.

La doctrina de la Seguridad Nacional sintetiza eso. En los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial y en los años de la Guerra Fría, el "US Army War College" hizo suya la doctrina de Seguridad Nacional, pues le era útil para justificar a los regímenes militares autoritarios de la América hispana y de Europa, muchas veces tiránicos, siempre que fueran anticomunistas.

El primer gobierno militar de Venezuela que fue militarista y contó con la aprobación de Estados Unidos por ser anticomunista fue el de Marcos Pérez Jiménez. La doctrina del Nuevo Ideal Nacional era militarista.

El segundo gobierno militarista de nuestra historia esta muy cerca de suceder. La doctrina contenida en el Título VI de la Constitución bolivariana es militarista. Justifica, permite y auspicia el tutelaje militar de todos los poderes del Estado. Con la idea de la "defensa integral" lleva a la creación de una fuerza armada paralela, formada por milicias populares, desvinculadas de la Fuerza Armada como ella es definida en los artículos 328 y 329 de la Constitución de 1999.

jueves, 7 de abril de 2016

QUINTO SERTORIO Y SU REBELION EN HISPANIA

Perseguido por Sila, nuevo dictador de Roma, Sertorio encontró refugio en Hispania, acogido por los lusitanos. Durante varios años puso en jaque al poder de Roma, hasta que, traicionado por los suyos, fue asesinado en un banquete.


En el año 82 a.C., la entrada de Sila en Roma pareció poner fin a las luchas civiles entre aristócratas y demócratas (optimates y populares) que habían ensangrentado la República durante varios años. Tras su victoria en la batalla de la puerta Colina, Sila, proclamado dictador, ordenó terribles proscripciones contra sus enemigos y se lanzó a la caza de los líderes populares que habían huido a distintas provincias del Imperio, en Sicilia, África, Liguria e Hispania. En pocos meses, Pompeyo, general de confianza de Sila, cumplió la tarea e impuso su ley. Pero entonces, en 80 a.C., uno de los cabecillas populares reapareció para hacerse fuerte en Hispania y mantener en jaque a Roma durante casi diez años.

Este hombre se llamaba Quinto Sertorio. De oscuro linaje, Sertorio se curtió como militar en varios conflictos (en una acción perdió un ojo, algo de lo que se enorgullecería) y se alineó pronto con el bando de los populares, lo que le valió diversos cargos públicos. Poco antes de la entrada de Sila, marchó de Roma para asumir el cargo de gobernador de la Hispania Citerior, de donde pronto fue desalojado por un nuevo pretor enviado por Sila. Sertorio se refugió en Mauritania, donde enseguida se lanzó a reclutar un ejército para continuar la lucha contra Sila. Fue allí donde recibió una propuesta inesperada: los lusitanos le ofrecían encabezar una rebelión contra Roma. Los intereses de los lusitanos no coincidían exactamente con los de Sertorio: aquéllos querían librarse del yugo de Roma, mientras que Sertorio sólo pretendía acabar con el poder de Sila. Pero tenían un enemigo común que hizo posible la alianza. Sertorio ya había estado en Hispania en el año 98 a.C., acompañando al cónsul Didio, que actuó con implacable dureza contra los nativos; esa experiencia le hizo ver que era mucho más inteligente tenerlos como aliados. Así, en el año 80 a.C. Sertorio dejó una parte de sus tropas en África y marchó con 4.000 hombres a la Península.

La alianza con los lusitanos

Los lusitanos acogieron a Sertorio con los brazos abiertos y lo reconocieron enseguida como su jefe indiscutido, viendo en él en cierto modo a un nuevo Viriato, el caudillo que casi setenta años atrás los había liderado en su gran guerra contra Roma. Para ellos, Sertorio encarnaba al buen romano, al general aguerrido y al hombre dotado de cualidades sobrenaturales; muy supersticiosos, los lusitanos llegaron a creer que el general romano podía conocer el futuro a través de una cervatilla blanca que le regaló un lugareño. Sertorio, por su parte, se apresuró a adiestrarlos en la disciplina militar romana. Como escribe Plutarco, «acostumbrándolos a las armas, a la formación y al orden de la milicia romana, y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, redujo sus fuerzas a la forma de un ejército, de grandes cuadrillas de bandoleros que antes parecían».

Gracias a su alianza con los lusitanos, Sertorio encadenó las victorias sobre las fuerzas romanas en Hispania. Su táctica combinaba los métodos romanos con la peculiar lucha de guerrillas lusitana, basada en no dar tregua al enemigo, devastar y rapiñar, obrar con rapidez y evitar batallas en campo abierto. Así logró poner en jaque a Cecilio Metelo, el procónsul enviado por Sila a Hispania, derrotándolo repetidamente mediante estratégicas retiradas. Acto seguido, Sertorio encabezó una gran incursión hacia la Hispania Citerior, un cómodo paseo triunfal en el que tomó primero Segóbriga y Caraca, y luego Bílbilis y Contrebia. Era el territorio de los celtíberos, quienes hicieron también causa común con el general romano.

Sertorio alcanzó entonces la cumbre de su poder. Decidido a asegurarse el apoyo de los celtíberos, fundó en Osca (la actual Huesca) una escuela con el fin de instruir a los hijos de los nobles celtíberos y, de paso, mantenerlos como rehenes. Además, creó en la misma ciudad un senado indígena, aunque le concedió tan sólo funciones consultivas. Con ello, Sertorio se acercaba a la figura que unos años más tarde encarnaría el propio Augusto, pues su verdadera intención era convertirse en emperador. Según el estudioso Adolf Schulten, el propósito de Sertorio era crear en Hispania una segunda Roma para lograr luego el control de la capital.


La guerra contra Roma

Hispania se convirtió en una caja de resonancia de la política romana, el escenario en el que se iba a decidir quién sería el hombre fuerte de Roma. Todos confluyeron allí. Marco Perpenna Vento, uno de los cabecillas del bando popular huido de la persecución de Sila, unió sus fuerzas a las de Sertorio, quien con la nueva ayuda llevó a cabo una gran ofensiva hacia el Levante. Al mismo tiempo, Pompeyo cruzó los Pirineos con un nutrido ejército y marchó al encuentro de los «rebeldes». Pompeyo logró vencer a Perpenna, muy inferior en astucia y valentía al propio Sertorio, pero este último se interpuso entre ambos y puso sitio a la ciudad de Lauro, entre el campamento de Pompeyo en Sagunto y Valentia, adonde había huido Perpenna. Cuando Pompeyo acudió a socorrer a sus aliados en Lauro, Sertorio le hizo creer que un contingente suyo lo atacaría por la espalda. Consiguió, así, que los habitantes de Lauro se rindieran; Sertorio les concedió la libertad, pero arrasó la ciudad, «no por cólera o crueldad –escribe Plutarco–, porque entre todos los generales parece que fue éste el que menos se dejó llevar por la ira, sino para afrenta y mengua de los que tanto admiraban a Pompeyo».

Pero, desde entonces, la suerte de Sertorio empezó a cambiar. La llegada de las tropas de Metelo, quien había logrado acabar con Lucio Hirtuleyo, hombre de confianza de Sertorio, incrementó mucho la presión sobre éste. Aunque las batallas de Sucron y Sagunto fueron de resultado incierto, sirvieron a Pompeyo para ganar tiempo y obtener de Roma más recursos y tropas. Pudo así, al año siguiente, atacar las bases de Sertorio en territorio celtibérico, poniendo sitio a Calagurris (Calahorra).

Sertorio se vio obligado a refugiarse en Osca, donde se convirtió en un personaje vil y despótico. Las relaciones con los pueblos nativos se enturbiaron; el caudillo antes aclamado llegó ahora a ordenar la muerte o la venta como esclavos de los estudiantes-rehenes de la escuela oscense. También entre sus aliados romanos cundió el recelo hacia su persona y el miedo a que los arrastrase a la perdición. Fue entonces cuando, movido por la envidia y alentado por la promesa de perdón que el Senado romano había hecho a los partidarios de Sertorio que depusieran las armas, Perpenna tramó una conspiración contra él. Lo invitó a un banquete en su casa para celebrar una falsa victoria, y allí él y los otros diez conjurados lo apuñalaron hasta la muerte. Acabó así la carrera de un general al que Plutarco no dudaba en comparar con otros grandes caudillos de la historia antigua, como Filipo, Antígono y Aníbal; «más fiel y humano que todos ellos, no menos prudente que ninguno, tan sólo les fue inferior en la fortuna, hasta caer asesinado como cabecilla de unos bárbaros».

lunes, 4 de abril de 2016

ERROR EN LA CONSTITUCIÓN CONDUCE A LA ANARQUÍA MILITAR

La Constitución "bolivariana" de 1999 tiene un admirable catálogo de derechos humanos. Pero lo que establece en el Título VII sobre la "seguridad de la Nación" es un cáncer maligno y mortal que plantea la posibilidad que esa Constitución sea la base de un gobierno que no podrá, con propiedad, llamarse "democrático", pues estará sometido al tutelaje militar. Las adulteraciones y desviaciones que se producen con la prestidigitación y el manejo artero de los conceptos abstractos de "seguridad", "defensa" y "fuerza armada" se hacen posibles cuando se aíslan conceptualmente los componentes orgánicos de lo que es una unidad viva e indivisible. La manipulación de las ideas y conceptos de seguridad y defensa produce sofismas. El más viejo y mejor conocido de todos es el sofisma que parte de la idea de la necesaria subordinación de la salud de todos los órganos vitales del Estado al bienestar de uno de ellos. Con ello se justifica la subordinación de los derechos individuales reales a un derecho colectivo abstracto que tiene un solo interprete que se abroga su representación. En el siglo XVIII este fue el camino argumental de las desviaciones de la Revolución Francesa hacia la democracia jacobina, que partían de una mala interpretación de lo que Rousseau argumentó para proponer la idea de la "volonté generale".

 A ella se emparentó el pensamiento de Hegel. Y todo eso llevó a la justificación de los Estados totalitarios del siglo XX. Aislar el concepto de la seguridad y la defensa de su organicidad social es el primer paso dialéctico para justificar la subordinación de toda la sociedad y de todas instituciones del Estado a la interpretación que de las necesidades de seguridad y defensa haga el jefe supremo. Ese fue el paso previo para la construcción de un sofisma constitucional justificatorio de la tutela militarista de una tiranía populista que es a lo que lleva el Título VI de la Constitución llamada 'bolivariana'. Su primera consecuencia es la desviación y destrucción de las funciones y responsabilidades defensivas de la Fuerza Armada y su conversión en el brazo armado de quien ha sido ungido como el supremo intérprete de las necesidades de seguridad y defensa. Su última consecuencia es la total inseguridad y la indefensión de los individuos y sus derechos frente al Estado. La Constitución de 1999 fue el producto de proposiciones incompatibles y contradictorias. De allí su inorganicidad implosiva. Por un lado, constitucionalistas como Ricardo Combellas y Hermann Escarrá llevaron proposiciones que se materializaron en los avanzados y loables artículos relativos a la democracia participativa, entre los cuales está el principio de la revocabilidad de todo mandato electoral por medio de referéndum popular.

Lo más peligroso de todo lo que se hizo en 1999, dentro y fuera de la Asamblea Constituyente, y lo que se hizo después y tuvo consecuencias más destructoras, fue sentar las bases para la militarización de la política como consecuencia de un modelo de Estado que consagraba el tutelaje militar de la sociedad civil. Pero para poder hacer eso había que destruir las bases éticas de lo que habían sido el Ejército de una sociedad democrática. Lo que se propuso como "Sistema de Seguridad y Defensa" y lo que en definitiva se aprobó en la Asamblea fue la artera politización del estamento militar implícito en todo lo que se puso en marcha bajo la excusa de su "democratización" y su "inserción" en la sociedad de la cual se decía estaba "aislada". Esto es lo que se cubrió con el manejo falaz de los conceptos de la seguridad y la defensa. Para ello se dijo que se le quitaría a la Fuerza Armada el carácter no deliberante y obediente y se le otorgaría el derecho al voto a los militares. Para mí estaba claro que ello llevaba a la metamorfosis del poder militar en un poder supraconstitucional de tutelaje sobre todos los poderes del Estado. Eso no era nuevo.

Para calibrar acertadamente las normas y los principios constitucionales que hasta 1998 ordenaban y regulaban el poder militar, es conveniente comparar someramente las que hoy la ordenan y regulan con las que lo regulaban en la Constitución de 1961.

La Constitución de 1961 tenía tres artículos referidos a las Fuerzas Armadas. El artículo 331 era la continuación del principio de subordinación de la autoridad militar a la autoridad civil, contenida en todas las constituciones venezolanas desde 1811 y que se expresaba -entre otras cosas- en la obligada intervención del Poder Legislativo -en la mayoría de los casos a través del Senado- para autorizar ascensos militares de alta graduación. El artículo 131 repetía la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad civil y militar. El artículo 132 condensaba magistralmente la doctrina de lo que deben ser las Fuerzas Armadas de un Estado democrático. Hoy hay que recordar su letra:

"Las Fuerzas Armadas Nacionales forman una institución apolítica, obediente y no deliberante, organizada por el Estado para asegurar la defensa nacional, la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto de la Constitución y las leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación. Las Fuerzas Armadas Nacionales estarán al servicio de la República y en ningún caso al de una persona o parcialidad política".

La Constitución de 1999, eliminó la subordinación del poder militar al poder civil, cancelando el requisito de la autorización para los ascensos a oficiales superiores; eliminó la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad militar y la civil, con lo cual abrió la puerta para la doctrina de la llamada "unión cívico militar", que no ha sido otra cosa que la militarización del Estado; eliminó del texto de la Constitución el carácter no deliberante y apolítico de la institución militar, lo cual abría teóricamente el camino para que la Fuerza Armada como tal y los oficiales como individuos deliberaran políticamente, intervinieran y dieran su parecer sobre asuntos propios de los cuerpos deliberantes de la República; aunque en la práctica, como se ha visto, ello no ha sido así, pues hay oficiales imputados del delito del ultraje a la Fuerza Armada por haber emitido opiniones adversas a las políticas y las prácticas militares del gobierno de turno.

Lo que es más significativo de lo que en 1961 se ordenaba y ahora no se ordena es que la Constitución de 1999 eliminó la obligación expresa de la Fuerza Armada de velar por la estabilidad de las instituciones democráticas y de respetar la Constitución y las leyes que -como lo decía el artículo 132- "su acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación".

En contraste con lo que se eliminó y omitió, se le otorgó a los militares el derecho al sufragio, lo cual parece incompatible con los principios militares de obediencia, disciplina y subordinación; se le otorgó a la Fuerza Armada competencia de policía administrativa, y se le acordó a los oficiales superiores el privilegio del antejuicio de mérito, que es una versión moderna de los antiguos fueros militares eliminados por la Constitución de 1830.

Lo más importante fue que se introdujo por primera vez en la historia constitucional de Venezuela la doctrina de la seguridad nacional y defensa integral. Semejante postulado no se encuentra en ninguna Constitución del mundo ni siquiera en las de los regímenes militares y militaristas. Según esta doctrina, todo, absolutamente todo, concierne a la seguridad del Estado, incluido el desarrollo económico y social. Con esto se sentó la base para la creación del tutelaje militar de todos los poderes del Estado.

Esto requiere un examen de genealogía histórica, que responda a estas inquietudes: ¿cómo y cuándo se creó el Ejército profesional y permanente venezolano?, ¿cómo se llegó a la formulación de la doctrina del Ejército del Estado democrático contenida en el artículo 132 de la Constitución de 1961?, ¿por qué y para qué se ha dado el salto atrás de la doctrina de la Seguridad Nacional, que regresa al Ejército de Venezuela al partido armado que era en los días de Joaquín Crespo?

Los gobiernos de militares no fueron militaristas

Sin examinar y repasar cuidadosamente todo lo que desde el punto de vista militar nos trajo a 1999, no podremos apreciar en toda su trágica dimensión la brutal regresión involutiva que significó la aprobación del Título VII de la Constitución bolivariana de 1999 y el enorme peligro que ella traía en su vientre, que hoy muestra lo que con ello se puede hacer y deshacer y la índole del caos anárquico al cual nos avienta y la opresión a la cual lleva o llevará.

Los pocos intentos que se han hecho para contar la historia del Ejército que combate y vence en Carabobo en 1821 y llega a la formulación de la doctrina venezolana de la Fuerza Armada del Estado democrático, concretada en el artículo 132 de la Constitución de 1961, son insuficientes para su buena inteligencia.

Esta historia corre desde la concepción doctrinaria y legal de lo que era la fuerza armada que defiende el territorio de lo que para 1777 se integró bajo la autoridad de la Capitanía General de Venezuela, con sede en Caracas; y en la cual se formaron militarmente -entre otros- Bolívar, Ribas y Sucre; pasa de allí a la formulación constitucional de las normas de lo que debía ser el Ejército de la República que se independiza en 1811, plasmadas en las constituciones de 1811, 1819 y 1821; llega al hito importante de la definición del poder militar de la Constitución de 1830, que ratifica el principio de subordinación del poder militar al poder civil establecido en las Constituciones precedentes; y da un paso de avance de gran significación cuando cancela y niega los fueros militares y eclesiásticos y crea la República laica y civil que otros pueblos hispánicos no lograron sino muchos años después.

Esa República colapsa en 1848 y estalla en mil pedazos diez años más tarde con la Guerra Federal que cancela todo vestigio de Ejército Nacional, y la Fuerza Armada se convierte en el ejército o los ejércitos de partidos, caudillos y facciones. Esto se reforma radicalmente en 1910 bajo el mando del general Juan Vicente Gómez, cuando se dan los primeros pasos para crear al Ejército Nacional profesional y permanente, al servicio del gobierno central con exclusión absoluta de ejércitos regionales. Este es el Ejército que, por una vía tortuosa repleta de contradicciones, llega a la formulación de la doctrina de la Fuerza Armada del Estado democrático, contenida en el artículo 132 de la Constitución de 1961.

Este brevísimo esquema se complementa con la advertencia necesaria para disipar el espejismo que falsifica la visión de la historia de Venezuela y que lleva a muchos a creer que su historia es de militares y militarismos. Eso es falso. Ningún gobierno de Venezuela, ejercido por militares hasta 1945, fue militarista. El primer gobierno militarista de Venezuela fue el de Marcos Pérez Jiménez. Y fue derrocado por militares. El segundo, probablemente esté en vías de crearse...

Es verdad que de todos los gobiernos de los 70 años de historia de la República de Venezuela entre 1830 y 1899, sólo 6 años y 4 meses fueron de gobiernos presididos por civiles y 63 años y 8 meses fueron de gobiernos presididos por militares. Es verdad que de los civiles presidentes del siglo XIX José María Vargas fue derrocado en 1835 por la revolución militarista llamada "de las reformas", pero también es verdad que fue repuesto en el poder por el general Páez y este hecho es muy elocuente para demostrar la veracidad de mi tesis.

El segundo civil presidente, Manuel Felipe Tovar, a quien en 1860 le tocó la desgracia de sufrir como vicepresidente del general Julián Castro -el más torpe e inepto de todos- se vio obligado a reemplazarlo, para luego tener que renunciar ante la imposibilidad de detener la demencia de la Guerra Federal y ser sustituido por el vicepresidente Pedro Gual, quien tres meses después fue derrocado por el general Páez. Otra de las trágicas ironías de nuestra historia.

Es verdad que el único presidente civil del siglo antepasado que concluyó el período de dos años para el cual fue elegido en 1888 fue Juan Pablo Rojas Paúl. Y también es verdad que fue sustituido por Raimundo Andueza Palacio en 1890, quien fue derrocado en 1892 por la revolución "Legalista" del general Joaquín Crespo.

También es verdad que los gobiernos de los generales Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita cubren los primeros 45 años del siglo XX. Pero lo que también es verdad es que los gobiernos de militares de 1830 a 1945 no fueron militaristas.

El virus de la patología militarista, traído de Perú, Chile y Argentina por oficiales que estudiaron allá, se inicia en 1945 con los militares de la logia conspirativa Unión Militar Patriótica, creada por Mario Vargas y encabezada por Marcos Pérez Jiménez, que el 18 de octubre de 1945 derrocan al gobierno civilista del general Isaías Medina Angarita.

Entre 1945 y 1948, Venezuela fue gobernada por una "Junta Revolucionaria de Gobierno", presidida por el civil Rómulo Betancourt, que llegó al poder de mano de los militares militaristas que formaron parte de la junta y fueron los que habían derrocado a Isaías Medina en el golpe militar del 18 de octubre de 1945. Así y entonces entró en Venezuela el germen del populismo militarista que campeaba en el mundo hispanoamericano, con el ejemplo emblemático de Juan Domingo Perón, el cual se expresará en los gobiernos de Mercado Jarrín y Velasco Alvarado en Perú.

Al brevísimo gobierno de nueve meses de Rómulo Gallegos, de febrero a noviembre de 1948, le siguieron 10 años de gobiernos de militares militaristas. Todos los gobiernos de 1948 a 1958 fueron nombrados por el Alto Mando Militar. Todos fueron militaristas.

Es verdad que de las 52 presidencias que ha tenido Venezuela en los 169 años que van de 1830 a 1999, 17 fueron ejercidas por civiles durante 53 años, y 35 lo fueron por militares, durante 116 años. Pero estos hechos y estas magnitudes brutas forman un gigantesco espejismo de falacias, en el cual se han ahogado los que hacen uso superficial e indebido de la etiqueta de militarismo.

En estricto sentido, esa etiqueta no es aplicable a la mayor parte de los gobiernos presididos por militares. A pesar de las apariencias, ni uno solo de los gobiernos ejercidos por militares entre 1830 y 1945, ¡ni uno solo!, merece el calificativo de militarista en los términos que esto se entiende en la historia contemporánea y se aplica a los regímenes militaristas de Alemania, en Europa, o de la Argentina, Brasil, Chile y Venezuela. Estos se refieren, en todos los casos, al poder y la influencia institucional del estamento militar en el gobierno y su derecho a ser un poder de hecho o de derecho dentro del Estado.

La doctrina de la Seguridad Nacional sintetiza eso. En los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial y en los años de la Guerra Fría, el "US Army War College" hizo suya la doctrina de Seguridad Nacional, pues le era útil para justificar a los regímenes militares autoritarios de la América hispana y de Europa, muchas veces tiránicos, siempre que fueran anticomunistas.

El primer gobierno militar de Venezuela que fue militarista y contó con la aprobación de Estados Unidos por ser anticomunista fue el de Marcos Pérez Jiménez. La doctrina del Nuevo Ideal Nacional era militarista.

El segundo gobierno militarista de nuestra historia seguramente nacerá de este craso error constitucional. La doctrina contenida en el Título VI de la Constitución bolivariana es militarista. Justifica, permite y auspicia el tutelaje militar de todos los poderes del Estado.



miércoles, 30 de marzo de 2016

LAS CIVILIZACIONES PERDIDAS DE LA ARABIA FELIX

Hola amigos de este blog de reseñas e historia, hoy les daré una breve reseña sobre una de las civilizaciones mas enigmáticas de la humanidad, que pocos estudios se han hecho, dado lo altamente caluroso que es el desierto de Arabia Saudita y Yemen llamado Rub -El Jali... sin mas, a reseñar¡¡

El  aislamiento de las civilizaciones de la Arabia Felix, con respecto a las demás civilizaciones no tiene nada raro: sólo Etiopía podía mantener relaciones comerciales con esta región, por eso su hundimiento no llamó la atención y no es hasta 1961 que se procedió a realizar escuálidas excavaciones, que aún quedan muchísimo por descubrir...



Esta civilización, data de una antigüedad de 4.000 años, según Silaki Alí, un erudito árabe contemporáneo, existiría en pleno desierto Rub -El Jali una población desconocida, llamada El Yafri, construida con enormes bloques ciclópeos como los de Baalbeck. Ningún infiel ha llegado hasta allí. (no confundir esta ciudad, con la ciudad maldita de Irem de Lovecraft).

El conocido super espía Philby, (de quién haré una reseña posteriormente) en su viaje a través del desierto Rub -El Jali, pretende haber pasado a menos de 500 km de El Yafri y haber hablado con árabes que conocían la zona. Está prohibido sobrevolar la región pero es probable que mediante fotos de satélites se pueda verificar la ciudad perdida. En el desierto de Hadhramaut, (nombre que significa la muerte verde) han sido hallados rascacielos pertenecientes a una civilización desaparecida.



En esta región existieron varias civilizaciones desaparecidas, una de ellas, la de la Arabia Feliz, que se desarrolló entre los siglos II  A.C y los primeros siglos de la era cristiana, poseemos algunas certidumbres. algunos templos y yacimientos arqueológicos, entre ellos el templo Mahram Bilquis. En Hadhramaut se han encontrado varios yacimientos prehistóricos, algunos con hasta 75.000 años de antigüedad,  y a pesar de lo difícil que es hacer arqueología en Arabia Saudita y Yemen, se han encontrado por esa región mas de cien .

Hacia el año 1.500 A,C floreció una civilización semita, que vivía sobre todo, de la exportación del incienso, del que el mundo antiguo era un voraz consumidor. Con ocasión de los funerales de Popea, la esposa de Nerón ardió con sus restos la producción de incienso de todo un año de la Arabia Felix. Como la producción era inferior a la demanda, los precios eran elevados. El niño Jesús, junto con el oro y la mirra, recibió incienso. Las flotas del rey Salomón, que salían de Ezionberger con tripulaciones fenicias, llevaban el incienso al mundo conocido. Según la ultima excavación hecha en 1961, la Arabia Felix se dividían en cinco reinos: Saba, Quatabán, Hadhramaut, Ma'in, y Hausan. Estos reinos estaban gobernados por sacerdotes brujos, los Mukkarib.  La existencia de tales reinos y de sus señores es un hecho comprobado, lo que resulta raro en esta región.



Poseían un sistema alfabético semita, conocían la cerámica y la metalurgia, construyeron enormes canales e importantes presas, en particular la de Marib. Sus inscripciones nos explican leyendas relativas a Rub. El Jali, a sus desaparecidas ciudades ciclópeas, y a sus civilizaciones perdidas. Pero no parece que los habitantes de la Arabia Felix se atrevieran a explorar la región. Su civilización parece que tuvo pocos contactos con el próximo oriente clásico. Allí hubo sucesivamente un reino judío, una ocupación etíope, después una ocupación persa, y por fin, ocurrió el hundimiento del que ignoramos las causas.

Siglos después vino la ocupación del Islam en la región sin que se preocupara por ninguna investigación arqueológica. En todo caso, los cinco reinos de la Arabia Felix vivieron en paz entre ellos y sus ciudades no estaban fortificadas, en todo caso no fueron las guerras la causa del hundimiento.



La mayoría de los templos están dedicados al Sol o a los planetas, y, detalle ciertamente curioso, los creyentes que iban al templo debían, antes de entrar en el recinto, atravesar una piscina llena de agua. En términos generales, el agua no falto en esa región desértica hasta la destrucción de la presa de Marib, en el siglo VI de nuestra era. Ya se encontraba en plena decadencia, debido a causas económicas: el cristianismo consumía muchísimo menos incienso que las antiguas religiones.

Según los textos árabes mas antiguos, las construcciones halladas en estos cinco reinos trataban de copiar en sus edificaciones las ciudades ciclópeas perdidas del desierto de Rub -El Jali, hechas con piedras similares a las de Baalbeck, quizá sí.... Entretanto, separados por mas de 200 Km de uno de los más terribles desiertos del mundo, se alzan en el cielo, parecidos al Empire State, de color rosa o blanco los rascacielos de esas viejas civilizaciones.



Quien construyo esos rascacielos y con que técnica? quien construyó la presa del Marib que aguantó por más de 4000 años la embestida del tiempo? Sea quien sea, los rascacielos y la Presa de Marib son ejemplos de la manipulación de gigantescos bloques de piedra.Estas técnicas están completamente olvidadas aún hoy con la técnica moderna y hoy en día Arabia Saudita y Yemen son los países de la sed...

La Historia se parece a la ciencia-ficción con más frecuencia de lo que uno se imagina...

miércoles, 23 de marzo de 2016

CRASO Y SU AMBICIÓN DESMEDIDA

Hoy les voy a llevar a la roma pre-imperial. Es el año 55 antes de Cristo. La convulsa república romana está regida por un triunvirato compuesto por tres individuos que darán mucho de qué hablar: Marco Licinio Craso, Cneo Pompeyo Magno (Pompeyo el grande) y Cayo Julio Cesar.



Marco Licinio Craso, nació en el 115 antes de Cristo y era el hijo pequeño del senador Publio Licinio Craso. Tras la muerte de sus dos hermanos y su padre en la guerra social y las represiones que siguieron al conflicto. Marco salvó su vida exiliándose a Hispania a las propiedades familiares, sin embargo la venganza y el honor exigían que no se mantuviera al margen, debiendo tomar parte por un bando. Craso se alió con Lucio Cornelio Sila y empeñó su fortuna familiar en levantar un ejército que pondría a las órdenes de Sila.

La jugada le salió bien, porque arrimándose a Sila, Craso había apostado por el caballo ganador en la carrera por el poder. Eso no quiere decir que Craso no tuviera méritos propios. En la primera guerra civil, se destacó en combate en la batalla de Porta Collina. Cuando acabó el conflicto, llegó el momento de recoger las ganancias de sus apuestas, y tras beneficiarse de algunas prescripciones que le otorgó Sila, Craso se lanzó con una avidez nunca vista a amasar una fortuna.

Craso especulaba en el mercado en multitud de negocios que iban desde el comercio, esclavos, construcción, gestión de monopolios estatales (Por ejemplo, Craso tenía la licencia en exclusiva de las brigadas de bomberos de la ciudad de Roma. los bomberos eran una empresa privada y el estado romano le pagaba a Craso la contratación del servicio). Craso no le hacía ascos a nada. Incluso era propietario de varios Lupanares (casas de prostitutas).

Trabajando siempre a través de intermediarios ambiciosos que hacían las veces de testaferros, Craso estaba a salvo de ser culpado si algo salía mal. Craso especulaba, cuando la especulación fallaba, cogía el toro por los cuernos y negociaba y si la negociación le salía rana, pasaba directamente a la extorsión y aún más allá. (Aunque nunca se pudo probar que fuera directamente responsable de las sospechosas desgracias y asesinatos que asediaban a los que tenían el poco juicio de no ceder a sus presiones).

Decir que Marco Licinio Craso era rico, era quedarse corto. Craso se había hecho inmensamente rico. Tan rico que como el Rockefeller de su época, su nombre pasó a convertirse en sinónimo de acaudalado: Cuando un romano le pedía un préstamo de bulto a un amigo, el amigo replicaba:

- ¿Cómo? ¿De dónde quieres que saque tanto dinero? ¿Te crees que soy Craso?

La cosa llegó a extremos inauditos. Por ejemplo: Craso fue sorprendido en la cama con una virgen vestal. Era un sacrilegio del más alto orden y un crimen sin paliativos. Cuando el tribunal le preguntó qué le había movido a cometer semejante desvarío, Craso dijo que se había acostado con ella para arrebatarle sus propiedades (al parecer la joven era la heredera de una acaudalada familia). El tribunal creyó a Craso.

Craso invirtió su fortuna con muy buena vista. Invertía en política. Prestaba dinero a familias influyentes con problemas económicos, compraba favores para terceros, Organizaba fiestas, daba suntuosos regalos...su oro era el aceite que engrasaba las relaciones con los caballeros Equites, un importante grupo de poder en Roma. Uno de los hombres que recibe regularmente ayudas financieras de Craso de proporciones colosales es un joven político sin un duro en la bolsa y con un agujero en el bolsillo llamado Cayo Julio Cesar.

En el 73 antes de Cristo, Craso fue requerido por el senado para aplastar de una vez por todas la revuelta de gladiadores liderada por Espartaco que hasta aquel momento había apalizado impunemente cuanto Roma le había enviado para doblegarlos. Craso se preparó durante 6 meses y luego marchó contra Espartaco, aplastando al ejército de esclavos en Apulia (el talón y tacón de la bota de Italia). Tras la victoria, Craso ordeno crucificar a un prisionero cada pocos metros durante toda la vía Apia desde Apulia hasta Roma (unos 400 Km). La vía Apia se vio "decorada" por más de 6000 crucificados. Con su ojo para la política, Craso compartió los honores de la victoria con Pompeyo.

Héroe laureado de Roma, Noble miembro de una familia senatorial de larga tradición, Hombre inmensamente rico, Amigo y creditor de los poderosos, Craso tiene Roma a sus pies y la toga senatorial le comienza a quedar pequeña, sin embargo, sigue maniobrando en la oscuridad haciendo que otros luchen sus batallas: Apoya al senador Catilina, feroz enemigo de Cicerón. Pero el senado es el senado, y Craso se encuentra con la feroz pero efectiva resistencia del senador Catulo, que veta una y otra vez sus proyectos más emblemáticos.

En esta tesitura, tres senadores hacen una alianza secreta: Julio Cesar, Pompeyo el Grande y Craso: El triunvirato. Ostentando cada uno de ellos las posiciones claves en el senado, Roma son ellos. Pero no hay que olvidar que cada uno de ellos tiene sus propios objetivos.

Julio Cesar en la Galia, está amasando gloria y fortuna. Una tras otra, las ciudades galas van cayendo sometidas. Pompeyo le hace ver a Craso que Cesar se está haciendo inmensamente popular y que haría bien en tomar alguna acción.

Craso se devana los sesos. ¿Cómo contrarrestar el creciente poder de Cesar? De repente se le enciende la bombilla: Hollando los mismos pasos de Cesar. Buscar un enemigo y conquistarlo. Y si es posible, un enemigo aún más formidable y peligroso que esas pandillas de barbudos barbaros vociferantes con los que Julio Cesar se divierte en la Galia.

El mapa de Roma no deja demasiadas opciones. Cartago es Historia. Egipto está de rodillas ante Roma y se está tramitando su estado de provincia. La Galia está siendo sometida por Julio.... Entonces ¿quién?

En el otro lado del mediterráneo, más allá de Judea hay un importante imperio... El imperio Parto. Una nada despreciable porción de tierra que en su momento de máxima expansión incluirá lo que hoy en día es Irán y partes de Armenia, Irak, Georgia, este de Turquía, Este de siria, Turkmenistán, Afganistán, Tayikistán, Pakistán, Kuwait, la franja costera de Arabia saudí que da al golfo pérsico, Bahréin, Qatar, y los Emiratos. Casi nada.

Herederos de los temibles persas, los Partos son - En apariencia - un sólido imperio en expansión.

Sin embargo, visto desde dentro, el imperio parto no es tan sólido: El buen rey Phraates III ha sido asesinado por sus dos hijos, Mitriades y Orodes. Orodes traiciona a Mitriades y se queda con el trono. Mitriades sale por piernas y ¿a quién le pide ayuda? Pues se va a Judea a ver al Procónsul Romano en Siria, Aulo Gabinio.

Debido al constante polvorín que era - y sigue siendo hoy en día - la zona de Judea, el procónsul romano, tiene la potestad de declarar la guerra en nombre de Roma. Cuando Mitriades le pide ayuda a Gabinio, este ve que la intervención de Roma en un imperio Parto en guerra civil, puede ser una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar. El lado vencedor (apoyado por las poderosas legiones romanas) contraería una deuda de por vida con Roma que se traduciría de hecho en vasallaje a Roma. El procónsul que llevara a cabo la hazaña podría volver a Roma cubierto de Gloria y Oro.

Entonces aparece Tolomeo de Egipto (Padre de la archifamosa Cleopatra) que acaba de ser sacado de su trono a patadas y ofrece a Gabinio una auténtica fortuna a cambio de que Gabinio le ayude a volver al trono. Esto solventaría la entrada de Egipto como provincia Romana, y lo más importante, llenaría la bolsa personal del procónsul de una forma indecente. Gabinio se lleva sus legiones a Egipto pensando que Partia puede esperar.

Mientras tanto, Mitriades, desesperado, va en busca de ayuda a Babilonia, una de las pocas ciudades que le es fiel. Pero en cuanto Mitriades llega a Babilonia, pisándole los talones se presenta el general Surena con el ejército Parto. Babilonia cae y Surena, siguiendo las órdenes del Rey Orodes, ejecuta a Mitriades. El orden ha sido restablecido en Partia.

Sin embargo Gabinio, que ha llenado su bolsa en Egipto colmando sus más alocadas aspiraciones, quiere jugar a lo de doble o nada, así que comienza a inflar los informes a Roma con exageraciones sobre el peligro que supone Partia y prepara sus legiones.

Es justo en ese momento cuando Craso, que está deseando cubrirse de gloria, lo arregla todo para que le nombren Procónsul de Siria. Gabino deja el puesto con todo el dolor del alma, suspirando por la oportunidad perdida.

Craso llega a Judea con su hijo y un regalo financiado por el bolsillo de Julio Cesar: Mil jinetes Eduos para reforzar su caballería. Sin embargo, Craso confía ciegamente en la piedra de toque del poder de Roma. La fuerza de sus legiones. El legionario Romano es un profesional. Vive de y para la Legión. Dicen que sus entrenamientos son batallas incruentas y que sus batallas son sangrientos entrenamientos.

Equipados con un pesado y gran Escutum (escudo), dos pilums (lanzas arrojadizas), un Gladio (Espada Corta), tienen un equipamiento personal estandarizado: Casco con guardas para proteger la cara, y la Lorica Hamata: Una armadura de cota de malla, fuete flexible y con refuerzos en los hombros. (Faltan años para que se imponga la más pesada armadura de láminas de metal, la Lorica Segmentata)

Craso, actúa con la discreción de un toro que acabe de saltar sobre el pasillo que rodea la plaza: Ninguna. Nada más llegar, lanza un ataque de exploración en las guarniciones y ciudades fronterizas de Partia, que caen bajo los ataques romanos. Luego, en lugar de profundizar por el valle del Eufrates, aprovechando el factor sorpresa, se detiene y devuelve el grueso de las legiones a Judea para pasar el invierno allí. Deja pequeñas guarniciones en los pueblos conquistados. El ataque no ha servido para nada, excepto para dar la alarma a Partia y darle tiempo para prepararse. Además, Craso se lleva una impresión muy pobre del potencial de las fuerzas Partas.

Cuando Craso, llega a Jerusalén para pasar el invierno, se comporta con la sutileza de un carro de combate dando trompos en una tienda de cristal de Venecia.

Promulga una leva forzosa para reforzar sus legiones y dotarlas de fuerzas auxiliares. Es una medida muy impopular. Segundo, promueve un "impuesto especial de guerra" Lo cual solivianta automáticamente a la población judía. Por si no fuera poco, en su avaricia saquea las riquezas del templo de Salomón en Jerusalén, provocando un altercado que perdurará siglos.

Convencido de que los Partos no le darán mucha guerra, se dedica a establecer contactos con los Armenios y no se preocupa específicamente en entrenar a las tropas. Para un soldado profesional, un invierno en la molicie, sin hacer nada, tiene un efecto nefasto en la moral y la preparación física.

Durante el invierno, aparecen los primeros signos de alarma. Supervivientes de las guarniciones dejadas en las ciudades fronterizas conquistadas al enemigo, comienzan a gotear de vuelta a Judea. Explicando que el enemigo, en gran número y fuerza, está recuperando todo el territorio ganado durante el verano anterior. Craso no quiere oír hablar de nada. Tiene otros problemas: El senado comienza a cuestionarse los motivos de Craso y Julio Cesar le envía una carta apremiándole a hacer lo que él hace en la Galia: Tomar acción antes de que el senado tenga tiempo de emitir vetos. Ya se sabe que no hay más ciego que el que no quiere ver.

Cuando el aliado de roma y Rey de Armenia, Artabaces, Vecino de Partia, visita a Craso y descubre la composición del ejercito de Craso, Legiones de soldados de infantería pesada con tropas auxiliares a pie y unos pocos cientos de caballería ligera, se da cuenta de que Craso tiene un problema. Artabaces conoce bien la forma de luchar de los Partos y le previene que los partos luchan sobre todo a caballo. Las fuerzas de infantería con tan poca caballería no tienen nada que hacer, sobre todo, si la hace avanzar por terreno abierto y llano, como el que hay entre Judea y Mesopotamia.

Artabaces le ofrece su propio ejército como apoyo y le propone avanzar hacia el corazón de Mesopotamia atravesando Armenia. De esta forma, seguirá una línea de cordilleras cuyo relieve provoca que sea complicado para que una formación de caballería preste batalla y es mejor para la infantería. Craso no quiere oír hablar de nada que suponga un retraso. Está hambriento de Gloria. En cuanto comienza el verano, Craso se pone en marcha por el camino más corto posible, en línea recta desde Judea. A través de las fértiles llanuras que le llevarán a Mesopotamia. Artabaces no es ni un loco ni un suicida, así que dado que Craso quiere avanzar por terreno abierto, que lo haga solo. No le presta ni un hombre. Las fuerzas de Craso son imponentes: Siete legiones. 4000 hombres de infantería pesada por legión. (28000 legionarios) 4000 auxiliares de infantería ligera reclutados en Judea, 3000 jinetes de caballería ligera reclutados en Asia menor y los 1000 veteranos de caballería ligera de Julio Cesar.

Cuando hablamos de soldados de infantería o caballería, ligera o pesada, el adjetivo va en función de la armadura y el equipamiento. Un soldado de infantería ligera va muy poco protegido, pero se puede mover muy rápido. Un soldado de infantería pesada va muy protegido con armadura pero lo tiene crudo para correr durante demasiado rato. Lo mismo vale para la caballería.

Así que ya tenemos a todos los actores en el escenario para el clímax de esta historia. Es el año 53 antes de Cristo.

Por un lado Craso, con sus legionarios, dispuesto a llevarse su trozo de Gloria y riquezas e inscribir su nombre en la historia de Roma. Por el otro, el ejercito Parto, al mando del general Surena.

Cuando se aprestan para atravesar el rio Éufrates, Casio, (el mismo que participaría en la conjura con Bruto para matar a Cesar) le aconseja a Craso que sería mejor acampar a este lado del rio y atravesarlo al día siguiente, para luego seguir el curso del rio en una ruta fácil y segura. Antes de que puedan tomar una decisión, llega a través del rio una fuerza de 6000 jinetes persas al mando de un tal Ariamnes. Se declaran amigos y desertores de los partos y les explican que los partos al ver acercarse a los romanos con semejante ejército, han puesto pies en polvorosa. Les explica que el ejército parto está en desorden a poca distancia de ahí, tras atravesar el rio en dirección al poblado de Carras, a pocas leguas en el desierto. Si así lo desea el divinal Craso, su humilde siervo Ariamnes tendrá el placer de liderar la marcha y llevarles a donde podrá masacrar a los partos.

Craso no quiere esperar. Pone a las tropas en marcha y atraviesan el rio por el vado. Luego se adentran en el desierto. La verdad es que Ariamnes ha marcado el gol de su vida: No ha desertado; Trabaja para Surena. Y si que es cierto que lleva a los romanos hacia los Partos, pero éstos no están ni desorganizados ni en desbandada. Craso ordena paso rápido para que su ejército alcance al ejercito parto en retirada.

Pronto, las tropas romanas avanzan por un terreno completamente llano y árido. Agitado por miles de pies, del terreno se levantan nubes de polvo que se meten en los ojos y en la boca de los legionarios. Y el calor... tanto calor... La boca se seca, el sudor cae a chorros por el casco, empapa las ropas bajo la armadura, las correas de cuero escuecen...

En este punto, Ariamnes, dice que va a localizar la retaguardia Parta y sale como una exhalación al frente de sus 6000 jinetes. Ha cumplido su trabajo y lo ha hecho impecablemente.

Cuando los legionarios se acercan a Carras, en una estirada formación de columna, tal y como han quedado tras cruzar el vado, distinguen algo en el horizonte. Ese algo se acerca y descubren que se trata de una gigantesca masa de caballería. Es el ejército Parto de Surena que se acerca.

Acostumbrados a luchar en llanuras y desiertos de infinita extensión, los ejércitos partos han evolucionado una forma de combate basada exclusivamente en la capacidad de movilidad. ¿Y qué es más móvil que la caballería? El ejército parto se compone exclusivamente de caballería. No llevan con ellos nada de la lenta infantería. Es un concepto diametralmente opuesto a la doctrina bélica romana, que se basa en el choque de infantería y en la superioridad de la disciplina y el equipamiento romano. En cambio si algo no se puede mover y no se puede mover rápido en estas inmensas llanuras, no sirve para la doctrina bélica de los Partos.

La caballería parta, se divide en dos grupos. Caballería pesada (catafractos) y caballería ligera (arqueros).

Los Arqueros montan caballos rápidos y ligeros. Los hombres no llevan armaduras. Su táctica es acercarse, lanzar flechas y si son atacados, retirarse todo lo rápido que se lo permita su montura. (Muy rápido, vamos).

El arma de los arqueros es el arco Parto (virtualmente idéntico al conocido como Arco Escita). Es un arco recurvado típicamente oriental, de materiales compuestos y capaz de lanzar las flechas con una velocidad de salida más alta que con los arcos griegos o rectos europeos. Como todos sabemos, esto significa más poder de penetración y más alcance.

Los catafractos son jinetes acorazados a lomos de gigantescos caballos criados y seleccionados generación tras generación por su tamaño y su capacidad para transportar al jinete y su armadura. El propio caballo está protegido por una manta con láminas de metal. Su equipo está diseñado para ser impermeables a los arqueros montados enemigos. Su táctica consiste en cargar y empalar a los enemigos en el extremo de unas largas lanzas. Si atacan a infantería la táctica es aún más sencilla: Cargar contra la infantería y arrollarla. No hay hombre capaz de resistir a pecho descubierto el impacto de un gran caballo a galope cargado con un jinete y suficiente hierro como para hacerse un yunque. La larga lanza del jinete concentra todo ese peso e inercia en un punto focal que es capaz de empalar a varios hombres a la vez.

Surena tiene a sus ordenes unos 1000 catafractos y 10000 arqueros a caballo, además de un gigantesco tren de suministros transportado en camellos. Viene desplegado en un amplio frente. Siguiendo las órdenes de Surena, los catafractos tienen su armadura cubierta por unos lienzos de tejido oscuro para que el brillo del metal no delate su presencia.

Craso, en un principio, ordena a sus legiones que formen en línea. Es decir, formando una larga línea de cohortes apoyadas por líneas posteriores de refuerzo. Con el fin de presentar al enemigo el frente más ancho posible. Pero mientras las jadeantes legiones se despliegan sobre el terreno Craso se da cuenta de que no le va a dar tiempo de desplegar a todos sus hombres antes de que se entre en contacto con el enemigo, así que a medio despliegue cambia las ordenes y les ordena formar en un gigantesco cuadro con 12 cohortes por cada lado. Una vez hecho esto, da a todo el ejército orden de avanzar manteniendo la formación en cuadro.

Surena pretendía sorprender a los romanos, así que según lo previsto, cuando los romanos alcanzan la distancia idónea para una carga, un terrible redoble de cientos de tambores da la señal para que la fuerza de choque, los catafractos, se desprendan de las ropas que los cubren y se muestren en su terrible grandeza con sus relucientes armaduras. Grandes banderas multicolores de un tejido brillante se levantan ante el asombro de los romanos. Occidente observa la seda por primera vez. Acto seguido los catafractos inician la carga. Surena se da cuenta de que la formación romana es ahora demasiado gruesa como para que los catrafactos puedan atravesarla de parte a parte, así que hace sonar las tubas y callar los tambores. Es la señal de retirada para los catafractos, que dan la vuelta a sus monturas y se vuelven sin haber entablado combate.

Craso cree que los catrafactos se han dado la vuelta por cobardía, así que da órdenes a sus tropas de infantería ligera auxiliar que salgan en persecución de los catafractos. Entonces viene la segunda sorpresa. Los 10000 arqueros de Surena se han desplegado por la llanura rodeando la formación romana y dejan ir un diluvio de flechas que diezma en cuestión de minutos a los desprotegidos auxiliares romanos. Los supervivientes vuelven a la carrera a la protección del cuadro.

Ahora es el turno de la legión. Siguen avanzando a paso de marcha, pero no demasiado rápido porque tienen que prestar atención para no romper la formación. Sin embargo, el enemigo no está inmóvil. Es como una nube que fluye alrededor de la formación romana. Surena da orden a los arqueros de que ataquen la formación principal romana. Los arqueros se acercan por todos los lados y comienza un impresionante diluvio de flechas sobre los legionarios. Pronto los sorprendidos legionarios constatan que las flechas de estos arcos penetran las cotas de malla. Para ellos es una sorpresa desagradable. Mucho. La mayor potencia de los recurvos escitas supera con creces aquello con lo que los romanos se han tenido que enfrentar hasta el momento. Craso da orden de alto y ordena que la formación se compacte y se protejan con los escudos. Craso sabe que los arqueros tienen un suministro de flechas limitado, así que supone que en cuanto se les acabe la munición, se habrá acabado el martirio, mientras tanto, los legionarios deberán soportar la densa lluvia de muerte. Es inevitable que tarde o temprano, las flechas se cuelen entre los escudos y encuentren un blanco. En algún momento, se da la orden de formar el "testudo" (la tortuga) pero enseguida pueden ver como los catafractos se posicionan para atacar la tortuga romana, por lo que los hombres deben abandonar la protección de la tortuga y volver a depender de su propio escudo.

Craso debe deshacerse de los catafractos, así que da orden a toda su caballería gala de que salga del cuadro y ataque a los catafractos. Son 1000 catafractos contra 1000 jinetes ligeros. Los catafractos no tienen ni para empezar. Son como tanques abriéndose paso en un campo de maíz. Los supervivientes, agotados, con el corazón en un puño, locos de sed y de calor vuelven al cuadro, donde les aguarda la muerte en forma de lluvia de flechas. En la refriega ha muerto Publio, el jefe de la caballería romana e hijo de Craso. Los partos empalan su cabeza en una lanza y la pasean frente a las asediadas cohortes.

Surena ordena la siguiente sorpresa del día. Hace avanzar el tren de camellos. Cientos de camellos se posicionan alrededor de las fuerzas romanas. En sus gigantescas alforjas se transportan miles de haces de flechas. Los arqueros a caballo que han agotado la munición, no tienen más que cabalgar hasta uno de los camellos, pasar por su lado y coger un nuevo haz de flechas de las alforjas antes de volver a la refriega. Cualquier intento romano de atacar a los arqueros es recompensado de inmediato con los arqueros dando la grupa a los romanos y espoleando a los caballos, mientras se giran en la montura y disparan hacia atrás. Es el conocido "Tiro Parto". Surena sabía que la victoria residía en mantenerse a distancia de los romanos y matarlos a distancia con sus arqueros.

Mientras tanto, la sed y el calor iban pasando factura. Las cohortes perdían su formación mientras amagaban infructuosos golpes contra los arqueros. En cierto momento, se urgió a los legionarios que cargaran contra las catafractas, pero estos mostraban sus brazos, clavados a los escudos por la enorme cantidad de flechas que había atravesado la madera y sus pies clavados al suelo por flechas que se había colado por los huecos entre escudos, con lo que no podían ni defenderse ni huir. Muchos hombres murieron de agotamiento aquel dia. Otros muchos, demasiado cansados y enloquecidos buscaron una muerte rápida. Miles quedaron allí, asaeteados repetidamente hasta su muerte.

Los partos no tenían costumbre de atacar durante la noche, así que al final del día, abandonaron el campo de batalla. Los romanos, temiendo una treta, decidieron retirarse del campo en orden de batalla hasta llegar a la ciudad de Carras. Aquel movimiento se prolongó hasta bien entrada la noche, y en la oscuridad, los nervios jugaron terribles pasadas a los asustados legionarios, que esperaban que en cualquier momento, surgieran de la oscuridad los jinetes partos y los masacraran. Quedaron sobre el lugar de la batalla más de 4000 heridos (el equivalente a una legión entera). No se sabe cuántos muertos.

Al amanecer volvieron los partos y se cebaron en el exterminio de los heridos romanos. De un contingente de 2000 hombres que se extraviaron en la retirada en la oscuridad y fueron sorprendidos al descubierto cuando llegó el día, sólo 20 sobrevivirían para llegar a Carras. Ahora Craso estaba asediado en un pequeño pueblucho amurallado que no les podía abastecer durante demasiado tiempo.

Surena ofreció a Craso una rendición y salvoconducto hasta Judea si Craso aceptaba firmar la paz en nombre de Roma. Craso aceptó. Pero entonces, el ejército Parto comenzó a gritar a los hombres sitiados, que si querían sobrevivir debían entregar a sus generales atados. Los legionarios en un último toque de orgullo dijeron que ni hablar. Que no se negociaba. Y así pasó el día. Los romanos planearon fugarse de Carras y del cerco parto aquella noche en cuanto los Partos se retiraran a pasar la noche.

En Carras vivía un tal Andromaco, que fue llevado ante Craso quien le interrogó sobre las mejores rutas para la retirada. Tras horas de conversación, Craso decidió confiar en Andromaco para guiarles. Era otro error. Andromaco era leal a Surena y en cuanto se hizo oscuro, guió a los legionarios por la oscuridad dando multitud de inútiles rodeos y metiéndoles por el peor camino que pudo encontrar. Obviamente, los legionarios no podían ver el resto del paisaje y creían lo que andromaco les decía.

Por seguridad, Craso había dividido sus fuerzas en varios contingentes. Un grupo, con 500 jinetes, estaba al mando de Cayo Casio Longino, el cual -con razón- no se fiaba ni un pelo de Andromaco, así que al amparo de la oscuridad, decidió desertar y se separó del contingente principal y puso rumbo directo hacia el oeste. Consiguieron cruzar el Éufrates y llegar a la seguridad de Judea.

Otro grupo, de 5000 hombres, Poco más de una legión, al mando de un legado de Craso llamado Octavio, y fueron a parar a las montañas sinacas. Un terreno difícil no apto para maniobras de caballería. Llegarían al amanecer y se fortificarían.

No lejos de allí, a Craso, la llegada del día le sorprendió en medio de un terreno pantanoso, enlodados hasta las rodillas y con sólo un pequeño promontorio donde guarecerse. Para su desesperación constató que la marcha nocturna le había llevado a las fauces del león. Estaban rodeados por las fuerzas Partas. Tras un rápido recuento, comprobó que sólo le quedaban cuatro cohortes y un puñado de jinetes. Sin embargo, en el terreno más difícil, los jinetes partos no podían evolucionar como en la llanura y no conseguían hacer mella.

Octavio, desde las colinas, podía ver lo que ocurría en la llanura, así que reunió a sus hombres y marchó en ayuda de Craso. A primera hora de la tarde, lo que quedaba del orgulloso ejército romano estaba roto y agotado. Pero aún así, se aferraban firmemente al peñasco y resistían. Surena sabía que no podría completar la batalla antes de acabar el día, así que repitió la oferta de dialogo del día anterior. Esta vez, los legionarios ya habían tenido suficiente. Increparon a Craso diciéndole que si no firmaba la paz, ellos mismos le matarían.

Craso y su estado mayor se aprestaron a dialogar con Surena. Entonces aparecieron unos partos con un caballo para Craso. Decían que Surena atendería la conferencia a lomos de su animal y que para no ser inferior, Craso debía conversar también desde la silla de un caballo. Craso se negó porque la costumbre romana no exigía dicho trámite equino. Los hombres partos cogieron a Craso y lo hicieron montar a la fuerza en el caballo, acto seguido dieron una palmada para que el animal saliera al galope hacia donde estaba la conferencia. Los oficiales romanos trataron de detener el animal y los sirvientes Partos trataron de abrirle camino. Se comenzaron a insultar. Alguien llegó a las manos. Salieron a relucir las espadas y en unos minutos de furiosa escabechina algunos de los tribunos y generales de Craso habían muerto: Octavio, Petronio y otros más. Entre ellos el propio Craso. Los partos le cortaron la cabeza y una mano y se la llevaron a Surena. El resto de la delegación romana se retiró a la precaria seguridad del peñasco.

Unos 10000 hombres pasaron al cautiverio. Unos pocos llegaron a las montañas y siguieron hacia el oeste. Un puñado consiguió llegar con vida a Judea.

Y así acaba la historia de Craso. Un hombre de su época, político manipulador y agudo hombre de negocios, pero que se vio empujado por su propia avaricia a cavar la tumba de su destino bajo una nube de flechas partas..... ¡Craso Error!