lunes, 30 de mayo de 2016

LA DESTRUCCION DE NINIVE Y LA VENGANZA BABILONICA

Cuando Asurbanipal heredó el trono, el imperio asirio se encontraba en su momento de mayor extensión territorial. La continuas conquistas de los reinados precedentes habían estirado hasta el máximo los recursos de la nación; numerosos frentes se abrían por doquier: Elam, la siempre rebelde Caldea, los peligrosos escitas y cimerios siempre amenazantes, y Egipto. Al poco de subir al trono, Egipto fue por dos veces aplastada por los asirios.




La segunda vez, Assurbanipal en persona tomó el mando de la campaña que le llevo hasta Tebas, que fue conquistada y saqueada. Sin embargo dos o tres años después, fueron los asirios, esta vez definitivamente, expulsados del país. Asiria se encontraba al limite de sus posibilidades, y encontrándose el rey amenazado en otros frentes, no podía distraer fuerzas para combatir contra un lejano faraón que no representaba en realidad ninguna amenaza para la integridad territorial del imperio. Más serios problemas se daban en la propia Mesopotamia El siempre molesto Elam, que continuamente daba cobertura a las rebeliones que se sucedían en la baja Mesopotamia contra Asiria, fue invadida y destruida por Assurbanipal. La batalla del río Ulai, el decisivo choque contra el ejército del rey elamita Teumann, fue una rotunda victoria para el ejército asirio; los elamitas fueron derrotados y empujados contra el río, donde fueron masacrados. Elam fue entonces ocupada y devastada; Susa destruida y sus campos sembrados con sal. Elam desapareció del panorama político mesopotamico. El vacío de poder que quedó en el país no pudo ser aprovechado por los asirios, quienes optaron por fragmentar el territorio y crear varios principados que repartieron entre algunos de los regulos locales. Relieve del rey asirio Assurbanipal Ahora que los elamitas habían sido anulados, del este surgió una nueva y vigorosa nación, la de los persas, que a corto plazo ocuparán parte del vacío de poder dejado por los elamitas. Durante el largo reinado de Assurbanipal, 40 años, podemos creer que, en principio, el imperio se encontraba sólidamente preparado para la defensa. La red de alianzas creada por Assurbanipal, unida a la propia capacidad del ejército asirio, aseguraban la estabilidad de las fronteras por un largo periodo de tiempo. Sabemos de las campañas fronterizas contra cimerios (en Cilicia), manneos (en los zagros) y árabes, fueron ganadas, demostrando la gran versatilidad de las fuerzas asirias. Sin embargo, algo ocurre durante los últimos y oscuros años del reinado de Assurbanipal. Las crónicas se detienen en este periodo inmediatamente anterior al de la caída del imperio. Cómo es posible que, casi de repente, se derrumbe el edificio imperial tan trabajosamente elaborado durante siglos. En el año 635 cesan las inscripciones celebrativas de Assurbanipal. El oscuro decenio que se abre, 635-626, está plagado de incertidumbres; se sabe que los escitas irrumpen en Siria y Palestina sometiendo a estas regiones a un severo castigo; los asirios pierden el control de la cadena montañosa de los zagros, que ceden paulatinamente y que queda en manos de los pueblos locales y del nuevo, y fulgurante, reino de los medos.




En el ¿631? muere Assurbanipal. Dos de sus hijos le suceden y se enfrentan en una guerra civil en el 626. Asiria ya no es capaz de imponer un rey a los babilonios, la metrópoli mesopotamica se independiza de su vecino del norte, los caldeos se rebelan y, pese a los repetidos ataques asirios entre el 626-623, su líder, Nabopolassar, consigue sacudirse el yugo asirio y ser reconocido rey en Babilonia. De nuevo hay un vacío en las crónicas, que nos trasladan hasta el año 616. Han pasado 10 años desde que Babilonia se ha independizado, y ahora ha pasado a la ofensiva; el dominio asirio en la linea del Éufrates se derrumba ante el empuje babilonio; Nabopolassar intenta llegar hasta la Baja Mesopotamia para interceptar las comunicaciones entre asirios y egipcios, que están avanzando por Siria para ayudar a los asirios contra sus enemigos. En una rápida sucesión de avances y ataques por todos los frentes, los asirios pierden una tras otra todas sus posiciones avanzadas; además, los medos empujan desde la cordillera de los Zagros, donde han destruido al estado tapón que les separaba de los asirios; aliados con los babilonios, avanzan sobre Asiria. En el año 614, lo medos de Ciaxares irrumpen en el corazón de Asiria devastando unas tierras que llevaban siglos sin ser holladas por el enemigo. La ciudad de Tarbisu es asaltada y destruida; Nìnive es atacada pero se salva del trágico final gracias a sus formidables defensas ante las cuales los medos no tienen nada que hacer. Siguiendo el curso del Tigris, llegan hasta Assur, la capital espiritual de la nación Asiria; es asaltada, saqueada y destruida. El ejército babilonio llega en ese momento al lugar... sobre las ruinas de Assur, Ciaxares y Nabopolassar firman un acuerdo de alianza; el fin de Asiria esta ya sellado. 




A partir de ese momento solo tenemos constancia de un movimiento en el año 613; la del ataque y destrucción de Elam. capital de los Shuki, nación en rebelión contra los babilonios, es atacada por Babilonia; Sin-Shar-Ishkun, rey asirio, marcha al frente de su ejército en apoyo de los Shuki pero llega demasiado tarde para salvarlos; Anat, su capital, ha sido asaltada y destruida por Nabopolassar. El año siguiente, 612 a.C., los ejércitos babilonio y medo se unen en el Tigris para avanzar conjuntamente contra Asiria. El objetivo es la capital, Nìnive. La ciudad es rodeada, y durante tres meses, se la somete a un duro asalto; para expugnar sus defensas se emplearon todo tipo de ingenios y tácticas, por ejemplo, se desvió el curso del río Khosr y se atacó la ciudad por sus dos extremos para debilitar la capacidad de respuesta asiria. La puerta de Halzi y la de Adad son asaltadas (los descubrimientos arqueológicos demuestran cómo las puertas, de una anchura inicial de 7 metros, fueron reducidas a 2 para facilitar su defensa; también se han encontrado restos humanos con evidencias de haber sido acuchillados en brazos y pecho). El asalto definitivo parece que vino por el curso, ya seco, del río Khosr. La biblia nos habla de la entrada en la ciudad por ese punto y del asalto al templo de Ishtar, y de cómo las sacerdotisas de la diosa se lamentaban. La ciudad fue arrasada totalmente. El rey asirio murió en ella, y de su destrucción, como dirá la Biblia, no hubo nadie que se lamentara. Tras la muerte del rey Sin-Shar-Ishkun y la destrucción de la capital, pasó un año sin que los asirios consiguiesen reorganizar sus fuerzas. 




Los babilonios aprovecharon ese año para recorrer y devastar sus tierras. El trono de la tambaleante Asiria fue ocupado por un nuevo personaje en el 610 a.C., Ashur-uballit II (1). Entre tanto, los restos del ejército y de la nobleza se habían replegado y reorganizado en una las antiguas capitales, Kalkhu, apoyados por un poderoso aliado, Egipto, que incluso envió tropas para ayudarles. Los babilonios y los medos se sintieron tan alarmados por estas nuevas que de nuevo unieron sus ejércitos y marcharon contra la ciudad Asiria. No hubo batalla; el ejército egipcio-asirio, con Ashur-uballit II al frente, renunció a enfrentarse a tan poderosos enemigos y se retiraron en dirección al Éufrates, abandonando su patria y su última ciudad a los atacantes. La ciudad de Kalkhu fue asaltada y destruida. A partir de este momento, los asirios, junto con su rey, combatirán junto con los egipcios como apátridas. Un par de años después desaparecen hasta de las crónicas; es el fin, Asiria, los asirios se han evaporado y sus tierras han sido repartidas entre Babilonia y Media. 




Nota: 1 El príncipe Asirio adoptó el nombre del fundador del imperio Asirio. Una prueba más del dramático momento que vivía la nación, que necesitaba de todo el impulso moral y espiritual posible para afrontar con determinación los acontecimientos pasados y futuros.

viernes, 27 de mayo de 2016

LIBROS SOBRE LA GUERRA MAS ATERRADORA: LA GRAN GUERRA PATRIÓTICA URSS VS LA ALEMANIA NAZI

La guerra en el frente oriental continúa suscitando un enorme interés. Stalingrado y Berlín: la caída, 1945, ambos de Anthony Beevor, son estudios nuevos de campañas específicas; los dos relacionados con la derrota final de la Alemania nazi y la batalla de Berlín. Hasta ahora la mayoría de las historias de la Gran Guerra Patria se han concentrado en las operaciones militares y en el papel de los ejércitos alemán y soviético. Los líderes carismáticos, con sus fascinantes similitudes y contradicciones —sobre todo Hitler, Stalin y Churchill—, naturalmente también atraen atención.

Entre los nuevos estudios destacan en primer lugar el soberbio La guerra de los ivanes de Catherine Merridale, que es el resultado de más de tres años de trabajo con entrevistas a unos doscientos veteranos de guerra soviéticos. La profesora Merridale, reconociendo que fue en el frente oriental donde realmente se ganó la guerra y que la prueba crucial de lo que hizo luchar al ejército soviético estaba en peligro de desaparecer, ha estudiado de manera amplia y profunda la historia social del ejército rojo en la guerra. El libro llega justo a tiempo para capturar el testimonio oral de hombres y mujeres que combatieron en el frente, pero que, por desgracia, pronto ya no estarán.





 La otra gran obra reciente que usa fuentes archivísticas es la (La locura de Stalin) de Konstantín Pleshákov, sobre los días críticos que condujeron a la guerra y las batallas en la frontera, la crisis del gobierno sovietico, y el posible descalabro nervioso o agotamiento que sufrio Stalin, Véase mi reseña sobre este libro en este enlace http://bibliofiliaycolecciones.blogspot.com/2015/12/que-le-paso-stalin-en-los-primeros-dias.html



Y por ultimo, el magnifico libro "Guerra Absoluta", fruto de más de una década de investigación, Chris Bellamy proporciona una historia moderna del mayor y más aterrador conflicto bélico de la historia.
En el Frente Oriental, entre 1941 y 1945, la mayoría de las fuerzas terrestres y de apoyo aéreo de la Alemania nazi y sus aliados terminaron destruidas por la Unión Soviética en lo que todavía se conoce como la Gran Guerra Patria. Fue posiblemente el hecho más decisivo de la Segunda Guerra Mundial, y el meticuloso relato de Bellamy narra la historia tanto del lado soviético como del alemán.
Fue una contienda que libraron todos los elementos de la sociedad: una guerra absoluta, porque ambos beligerantes pretendían exterminar a su oponente y destruir su existencia política.
Gracias al material nuevo y al profundo conocimiento de la estrategia militar y política, así como al talento narrativo de su autor, Guerra absoluta está destinado a convertirse en la historia definitiva del más cruel de los conflictos bélicos.



lunes, 23 de mayo de 2016

LA DIPLOMACIA NAZI EN ACCION

El protocolo alemán era perfecto. El presidente checo fue recibido con todos los honores oficiales debidos a un jefe de estado. El ministro de exteriores alemán Ribbentrop recibió al Dr. Hacha con un apretón de manos, y ofreció a su hija un magnífico ramo de flores. En el apartamento había una caja de bombones regalo personal de Hitler para la joven...


Hacha no fue recibido por Hitler hasta las 1:15 de la madrugada, al entrar en plena noche al despacho del fhurer, vio inmediatamente que éste tenia a su lado, no sólo a Weizsaecker, sino a Goering, llamado urgentemente a San Remo, donde se encontraba de vacaciones, y al General Keitel. Cuando Hacha penetró en la guarida del lobo, sin duda no observó que el médico de Hitler, Morell, estaba listo y dispuesto a intervenir... Y había buenas razones para su presencia.

El Dr. Hacha, presidente de una Checoslovaquia amenazada, humillada después del pacto de Munich, fue humillado prácticamente por Hitler, quién le maltrató. Hitler le acusó de querer atacar por sorpresa al reich alemán, Hacha aseguró al fhurer que él, personalmente no se había mezclado en ninguna conspiración y que tampoco se había mezclado en política. También acotó que el fhurer debería considerar el largo viaje hecho por él, una persona enferma y anciana ya, hasta Alemania, para tratar de solventar la situación y establecer la suerte de su pueblo.

A su vez Hitler dijo lo que tenía que decir. Después de lanzar la acusación de que Benes y sus secuaces trataban de insertar partisanos en los sudetes, y tras haber repetido que, desgraciadamente, los checos no habían cambiado en nada desde la conferencia de Munich, entro en materia.

Estimaba que el viaje emprendido por el presidente a pesar de su edad y su enfermedad, podía ser muy provechoso para su país. Alemania se preparaba para intervenir,no era mas que cuestión de horas. Sido estado muñón de Checoslovaquia continuaba existiendo, era únicamente porque él, Adolf Hitler, había observado una actitud leal... En otoño no había querido sacar una conclusión final, creyendo todavía en una posible coexistencia pacífica, pero el hecho de comprender sin equivocó que, si las concepciones Caracas al gobierno del primer ministro Bebés no desaparecían totalmente, destruiría por completo el Estado checoslovaco.

Por ende, seguía Hitler, he dado la orden a la wermacht de invadir el país, decidiéndose ya la incorporación de Checoslovaquia al reich alemán.

Hacha y su ministro se quedaron como una piedra, sólo por sus ojos se veían que estaban vivos. Pero Hitler no había terminado. Aún le faltaba humillar aún mas a sus invitados amenazándoles con hacer reinar en su pais el terror teutón. El ejercito alemán, prosiguió Hitler, había invadido ya ciertas partes del país y había aplastado toda oposición de forma despiadada.

Qué convenía hacer? El viejo presidente, aniquilado, no necesitaba retirarse para tomar una decisión. Inmediatamente se lo declaró a Hitler: resistir seria una locura,y preguntó como podía, si eran pasadas las dos de la madrugada, con solo cuatro horas impedir al pueblo checo entero resistir la invasión? Hitler asintió y dijo que se pusiera de inmediato en contacto con sus ministros en Praga.

Tras estas palabras, despidió a sus invitados de forma momentánea. En una pieza contigua, Goering y Ribbentrop escucharon la protesta de Hacha, y que ellos habían decidido no aceptar la capitulación y se negaron a firmarla. Ribbentrop perseguía a Hacha con la pluma en la mano, amenazándole  que si no firmaba la capitulación medís Praga seria destruida en dos horas por los bombarderos alemanes.


En ese momento, el Dr. Hacha, presa de un ataque de nervios y estrés sufrió un desmayo. Por un instante los nazis temieron que el anciano presidente, que yacía en el suelo sin conciencia, muriera en sus manos, y como dijo el traductor Schmidt, que el mundo entero pudiera decir al día siguiente que había sido asesinado en la cancillería. El Dr.Morell, inyecto al presidente y consiguió reanimarle. Los nazis le pusieron en sus manos un teléfono para que hablara con su gobierno en Praga, Hacha habló y aconsejó una capitulación. Una hora mas tarde, ya un poco mejor de salud, volvió titubeante junto a Hitler para firmar la condena a muerte de su país. Era el 15 de marzo de 1939. El documento fue redactado previamente por Hitler,y fue obligado a firmarlo Hacha y su ministro. Como acabamos de ver, la diplomacia nazi  funcionaba bajo la amenaza de guerra y coaccion politica. En los años previos a la Segunda guerra mundial, esa táctica diplomática funciono, con Austria (anschluss), los sudetes (Checoslovaquia, Memel (Lituania), y el que acabamos de ver con la anexión completa de la nación al reich.

lunes, 16 de mayo de 2016

UN NUEVO MELODRAMA AMERICANO: LA CAMPAÑA PRESIDENCIAL 2016


Al fin pasó lo que nadie creía que los republicanos permitirían que pasara. ¿Cómo han podido el partido, sus simpatizantes, sus electores dar la nominación a este sujeto? No se trata sólo de la cómica aura color calabaza que luce. Ni de saber cómo un mensaje xenófobo y sexista ha logrado tantos apoyos. La pregunta es por qué oponer a Hillary Clinton un candidato que todas las encuestas dicen que perderá.

Y ahí está la cuestión. Que no está tan claro que vaya a perder. Es cierto que los sondeos le dan como perdedor y que no se recuerda a ningún candidato que despertara tanto rechazo. Pero ocurren varias cosas. La primera es que Clinton provoca casi tanta aversión como Trump. Luego está la herencia Obama. Sus políticas han sido tan de izquierdas que Clinton sólo ganará renegando de ellas. Sin embargo, su desdén no será creíble si elige como compañero electoral y candidato a la vicepresidencia al derrotado Sanders, un socialista de vieja escuela, o a la senadora Elizabeth Warren, que encarna todo lo que desprecia el elector medio norteamericano, las ideas socialistas y la pertenencia al establishment universitario. Encima, Clinton se enfrenta a la estadística. Desde 1947, fecha de la Vigésimo Segunda Enmienda, que limita a dos los mandatos, nadie logró ser elegido presentándose por el partido del presidente saliente. La única excepción es Bush padre, sucesor de Reagan, pero que contó con la ventaja de enfrentarse al débil Michael Dukakis. Si Clinton gana este noviembre, sería la segunda ocasión en que alguien logra la hazaña.

Claro que Hillary podría acentuar su carácter centrista eligiendo como compañero electoral a un demócrata moderado como Julian Castro. De esta forma podría además asegurarse el voto de los hispanos, que tanto detestan a Trump. Pero eso no resolvería el problema del todo. No lo haría porque a lo que Clinton y todo el partido demócrata se enfrentan es a que las políticas de Obama han desilusionado por completo a las masas de votantes blancos de clase media. Muy frustrados se encuentran especialmente los blue-collars, esto es, los obreros cualificados, que entre otras cosas han perdido capacidad de progreso laboral gracias a la discriminación positiva. De modo que las exageradas políticas izquierdistas los han inclinado a comulgar con las ideas de Trump. En realidad, el fenómeno es parecido a lo que ocurre en Francia con el Frente Nacional. Son los viejos obreros de izquierdas quienes se sienten atraídos por esta extrema derecha. La diferencia es que Trump no se presenta bajo las siglas de un nuevo partido, sino bajo las del partido republicano de toda la vida, el "viejo gran partido" (GOP, según sus siglas en inglés). Y eso hace perfectamente posible que gane. Sobre todo si el partido, sus donantes y sus terminales mediáticas se vuelcan con él, que es algo que hoy todavía no hacen, pero que quizá en el futuro hagan con tal de impedir a Hillary llegar a la Casa Blanca.

lunes, 9 de mayo de 2016

ESPARTACO Y LA REBELIÓN ESCLAVA









Las aptitudes militares de Espartaco y su carisma personal convirtieron una limitada revuelta de gladiadores en la mayor rebelión de esclavos que conoció Roma; bajo su mando, los insurrectos batieron a seis generales romanos



El mundo romano conoció otras revueltas de esclavos, pero ninguna alcanzó la dimensión y resonancia de aquella. Hubo otros rebeldes que se alzaron en armas contra el poder del pueblo y el Senado de Roma, pero ningún caudillo popular logró la fama de Espartaco, que en tan sólo dos años derrotó nueve veces a las legiones romanas. El Senado, alarmado por tamaña serie de derrotas, en un gesto inaudito, no sólo envió contra los rebeldes diez legiones al mando del implacable y ambicioso Craso, sino que, recelando un nuevo fracaso, reclamó el regreso urgente a Italia de los ejércitos de sus dos mejores generales, Pompeyo y Lúculo, para acabar con Espartaco. Todo empezó con una revuelta en la escuela de gladiadores de Léntulo Batiato en Capua, en la primavera o el verano del año 73 a.C. De los doscientos esclavos sublevados fueron setenta los que lograron huir. Eran tracios, celtas y germanos, seleccionados y entrenados para los combates en el circo. Apenas tenían armas, pero eran fuertes y sabían combatir. Prefirieron arriesgarse a morir luchando por su libertad que en la arena circense. Designaron como jefes al tracio Espartaco y a dos celtas, Criso y Enómao. Marcharon hacia el sur, se fueron armando y saquearon campos y aldeas. Se les sumaron esclavos, desertores y gentes empobrecidas, atraídos por la generosidad de Espartaco, que repartía el botín de los saqueos de modo igualitario, y buscaron refugio en las laderas verdes y escarpadas del Vesubio.

El ataque nocturno

Ante aquella amenaza, el Senado de Roma envió contra ellos, con toda urgencia, un ejército de tres mil hombres. No eran las mejores legiones, porque por entonces dos grandes ejércitos romanos luchaban fuera de Italia: el dirigido por Pompeyo contra Sertorio en Hispania y el de Licinio Lúculo en Asia Menor, enfrentado a Mitrídates. Pero era una tropa numerosa mandada por el pretor Clodio Glabro, que se apresuró en poner sitio al monte para rendir pronto a los sitiados, confiando en que no tenían otra salida de su cerco que el paso donde sus tropas los aguardaban. Porque las laderas del volcánico Vesubio, rocosas y cortadas a pico, eran inaccesibles. Pero en lo alto de la montaña, los refugiados se hicieron escalas de cuerda con los sarmientos de las vides, y de noche bajaron en silencio y atacaron el campamento de los desprevenidos romanos, logrando una primera y clara victoria. De nuevo Roma envió otras tropas, al mando del pretor Varinio, y de nuevo los ejércitos romanos fueron vencidos en tres encuentros. El botín y el armamento reforzaron la fama y el valor de los esclavos liberados que formaron ya un ejército considerable, al que se fueron agregando miles y miles de nuevos rebeldes. No se les unieron los esclavos de las ciudades, sino los fugitivos, los descontentos y algunos pastores, chusma despreciable a ojos de los poderosos. Espartaco inculcó un ánimo solidario y disciplina a sus tropas. Sin duda sacó provecho de que, antes de ser gladiador, había militado como mercenario en las tropas auxiliares del ejército romano y conocía sus tácticas bélicas. En la primavera de 72 a.C., un año después de la huida de Capua, sus seguidores ya ascendían a cuarenta mil, y no tardarían en pasar de sesenta mil. El Senado, decidido a responder con toda dureza a la insoportable amenaza, encargó esta vez el combate a los dos cónsules: Lucio Gelio y Cneo Léntulo. Dos ejércitos, pues, marcharon para cortar los caminos a los rebeldes. El uno, dirigido por Gelio, partió hacia el sur; el otro, bajo el mando de Léntulo, se dirigió hacia el norte para bloquear la marcha hacia Piceno.

Nuevas victorias y un largo viaje

La disensión entre el ya enorme tropel de los liberados había causado una escisión entre sus fuerzas. Criso y los que prefirieron seguirle fueron atacados por las legiones de Gelio y sufrieron una completa derrota junto al monte Gargano. Allí quedó muerto el jefe celta y los veinte mil hombres que había llevado consigo al terrible desastre. Pero Espartaco se enfrentó con los dos cónsules y los venció uno tras otro. Y como homenaje póstumo a su camarada sacrificó a trescientos prisioneros, con un cruel ultraje: les hizo enfrentarse entre ellos como si fueran gladiadores en lucha a muerte. Después emprendió una marcha hacia el norte, hacia los Alpes. Junto a Módena se enfrentó con otro ejército romano, acaudillado por Cayo Casio, el pretor de la Galia Cisalpina, al que también derrotó. Sin embargo, no cruzó la cordillera para huir de Italia, como parecía ser su plan inicial, sino que, con un giro enigmático, decidió volver de nuevo hacia el sur, acaso forzado por su falta de víveres o por la terca oposición de la mayoría de sus seguidores. Corría el verano del año 72 a.C. Los rebeldes pasaron cerca de Roma, como las tropas del cartaginés Aníbal siglo y medio atrás, lo que debió de alarmar a muchos ciudadanos, pero aquella abigarrada y numerosa tropa carecía de medios para asediar una ciudad o intentar un asalto a sus muros.



Craso toma el mando

Vista la alarmante situación, un ambicioso político, Marco Licinio Craso, se ofreció para salvar la República. De noble familia, era el hombre más rico de Roma y tenía muchos esclavos y latifundios en el sur, por lo que ansiaba la rápida aniquilación de los rebeldes. El Senado le concedió un poder militar excepcional y los dos cónsules derrotados, Gelio y Léntulo  (que aún mantenían su cargo), le cedieron el mando de las tropas. Craso reunió seis nuevas legiones –unos treinta mil hombres–, les sumó las cuatro de los cónsules, o lo que quedaba de ellas, y se puso en marcha hacia el sur. Era un ejército de casi cincuenta mil soldados, muy superior a todos los anteriores, y dirigido por un general despiadado y confiado en su superioridad. Pronto demostraría su rigor. Envió por delante a su lugarteniente, un tal Mummio, con dos de las castigadas legiones para acosar y vigilar a los rebeldes. Pero en un arranque de audacia, Mummio fue más allá de sus órdenes y, confiando en su posición ventajosa, atacó al enemigo. Sufrió una franca derrota; una gran parte de sus hombres huyó ante los bravos rebeldes de Espartaco. Craso, enfurecido, aplicó a aquellas tropas un terrible castigo: las diezmó. Es decir, hizo dar muerte –a manos de sus propios compañeros– a uno de cada diez hombres. La decimatio fue un buen golpe de efecto para restaurar la disciplina; desde entonces sus hombres temerían más el castigo por huir que pelear hasta la muerte. El plan de su campaña era empujar a los esclavos hacia el extremo suroeste, hacia Reggio, y encerrarlos allí hasta la batalla final. Desde Reggio, en enero del año 71 a.C., Espartaco intentó pasar con sus hombres a Sicilia. La isla se divisaba cerca, pero carecía de medios de transporte. Intentó cruzar el estrecho de Mesina en los barcos de algunos piratas, que lo traicionaron, y no logró hacerlo en pequeños botes. Por otra parte, había una nueva disensión entre sus gentes y algunos grupos se escindieron buscando un paso hacia el norte. Fueron cazados y aniquilados por las tropas de Craso. Aunque éste hizo construir un muro entre los pasos de las montañas para cortar el camino al enemigo, los audaces rebeldes lo cruzaron de noche y entre la nieve, y avanzaron hacia el este. Pero no pudieron evitar que los  acorralara el enorme ejército de Craso.

Héroe de la libertad

En abril de aquel mismo año, obligado a la gran batalla campal, Espartaco degolló su caballo a la vista de sus tropas. En un gesto de gran dramatismo, dijo que si vencía tendría muchos otros, y, si no, no lo necesitaría. Tal vez aquello tuviera el halo de un sacrificio ritual a sus dioses. El combate fue extraordinariamente encarnizado. Espartaco avanzó sembrando muerte a su paso, dirigiéndose tal vez hacia donde se encontraba Craso. Pero cayó heroicamente con múltiples heridas y su cadáver quedó irreconocible entre los montones de muertos. Craso obtuvo una aplastante victoria. Para conmemorarla y para escarmiento de cualquier rebelde, mandó crucificar a los seis mil prisioneros supervivientes a lo largo de la vía Apia, que iba de Capua hasta Roma. Numerosos fugitivos trataron de escapar hacia el norte, pero se toparon, ya en Etruria (es decir, en la Toscana), con el ejército de Pompeyo, que aprovechó la ocasión para aniquilarlos y adjudicarse un nuevo timbre de gloria. Luego se jactaría de haber sido él quien puso punto final a la guerra: «Craso había derrotado a los esclavos fugados en una batalla, pero él, Pompeyo, había destrozado las raíces de la guerra», haciendo así sombra a los méritos de su rival político. Aunque Craso había logrado derrotar y matar a Espartaco en medio año, de otoño de 72 a.C. a abril de 71 a.C., no pudo monopolizar la victoria. Este último año, Pompeyo y Lúculo festejaron con un triunfo en Roma sus triunfos bélicos respectivos (en Hispania y en Asia Menor), pero Craso tuvo que contentarse con una celebración menor, la ovatio u ovación pública. El triunfo se concedía por ley sólo a los vencedores en una guerra contra enemigos externos, pero no a quien sólo había derrotado a una turba de esclavos, miserables rebeldes, en tierras itálicas. Pompeyo y Craso fueron elegidos cónsules para el año siguiente. Ambos compartieron poder en Roma durante lustros y luego coincidieron en tener una muerte violenta y ser decapitados. Pero la gloria de Espartaco sobrevivió a la de los dos generales victoriosos. El nombre del esclavo tracio, rebelde y revolucionario, no se eclipsó con su fracaso y muerte. Perduró en la memoria colectiva como mítico héroe de la libertad.

martes, 3 de mayo de 2016

EL MISTERIO DE LA CLASE MEDIA EN VENEZUELA


En estos últimos años se ha abierto un intenso debate sobre el rol político de la clase media en América Latina. Sin embargo, el término clase media es exageradamente ambiguo. Tiene tantas acepciones como enfoques teóricos. La economía ortodoxa apela al ingreso para su definición y la sociología dominante lo limita a un asunto de estratificación social. Otros se centran en una cuestión de identidad, en una nueva subjetividad emergente que se siente incluida en un modo de vida promedio. En cualquiera de sus interpretaciones, la clase media existe actualmente como dilema político de época.

La estructura de clases sociales de la región ha cambiado sustancialmente de forma acelerada. Se conformó un nuevo sujeto gracias a las políticas redistributivas implementadas en la región. En Bolivia, en la última década, el 20% de la población ha pasado de la extrema pobreza a ser considerada como clase media. En Ecuador, en ese mismo periodo, la clase media se duplicó. En Venezuela, durante la Revolución Bolivariana, se triplicó. En Argentina, durante el 'kirchnerismo', se incorporaron 9 millones de personas a esta categoría. En Brasil, durante los gobiernos de Lula y Dilma, la nueva clase media abarca a 39 millones de personas. Este ascenso social o 'reenclasamiento' positivo es un rasgo característico irrefutable de este ciclo político.

La manera en la que se afronte este fenómeno será decisiva en este momento histórico. Tras la victoria de Macri en Argentina, la derrota electoral del chavismo en la Asamblea de Venezuela, el revés de Evo Morales en el referendo para la reelección en Bolivia, a menos de un año de las elecciones presidenciales en Ecuador, y en medio del intento de golpe contra Dilma en Brasil, el asunto de la clase media se sitúa actualmente en el centro de la controversia política.

La llamada 'nueva derecha' latinoamericana del siglo XXI lleva años prestando especial atención en 'cómo hablarle' a esta nueva clase media. El objetivo es doble. Por un lado, ha venido prometiendo (desde la oposición sin responsabilidad de gobierno) aquello que reclama la lógica aspiracional de ese nuevo sujeto. Y, por otro lado, busca darle forma e identidad para constituirla como un actor social afín a su proyecto político-económico. Se presenta así a la clase media como si estuviera cansada de confrontar, aparentemente despolitizada, que prefiere la moderación, mayoritariamente urbana, que no le importa ni la justicia social ni la igualdad, que se siente más cómoda con otros valores materialistas (consumo) y postmaterialistas (ecologismo), y cada vez más individualizada.

Seguramente hay parte de verdad en todo esto, pero tampoco se puede dar todo por cierto. Tal caracterización responde a una intencionalidad, la de instaurar un nuevo sentido común conservador acerca de lo que es la nueva clase media. Hecha a medida, construida a su semejanza, y útil como nuevo sujeto.

He aquí la nueva jugada del neoconservadurismo para vencer en medio de este pulso sobre la resignificación de quién es la 'naciente clase media'. Aún es un enigma por descifrar. No es la clase media europea de las décadas pasadas, ni siquiera es la clase media latinoamericana preexistente a estos procesos de intensa movilidad social. García Linera la conceptualiza como "clase media de origen popular", lo que significa que no es una clase media al uso. Es otra clase media, distinta, que ha naturalizado los derechos sociales adquiridos y tiene nuevas aspiraciones; pero esto no significa que haya perdido sus raíces. Es una clase media politizada pero no de la misma manera que lo era hace una década. Tiene una nueva subjetividad que nos toca conocer. Está  en constante relación con nuevos medios (redes sociales); tiene otra estética, otros marcos culturales que responden a una etapa posfordista.

El desafío está en caracterizar a esa "clase media de origen popular" en forma más compleja de lo que lo hacen Durán Barba y compañía. Este sujeto emergente es heterogéneo y contradictorio; es un híbrido de lo que fue, lo que es y lo que quiere ser. Es un actor en transición, en conformación. Es más, todavía es una especie de "casi clase media", que se encuentra al filo del alambre como cualquier recién llegado que siempre puede volver al lugar desde donde salió. A esto, el Banco Mundial le llama "clase vulnerable", porque dejó de ser pobre pero nunca pasó a ser rica; todavía susceptible de retroceder si la economía no crece lo suficiente. La restricción económica externa pone en riesgo su permanencia.

Seguramente, este término, el de 'nueva clase media', incomoda al pensamiento tradicional de la izquierda, más acostumbrado a otras categorías teóricas. Esto es comprensible, pero no hay tiempo que perder en un debate en curso que no pide permiso a los manuales clásicos. El misterio de la clase media está omnipresente. O se permite la restauración de una 'clase media light' procedente de la visión neoconservadora o, por el contrario, se disputa su significado. De no hacerlo, corremos el riesgo de interpretarla como si fuera una clase media de otro espacio y otro tiempo histórico, importada e impuesta como tantas veces nos lo hicieron con recetas, teorías, categorías, epistemes, marcos analíticos.


lunes, 25 de abril de 2016

CUBA FEUDO AMERICANO... HASTA QUE LLEGO FIDEL....

En enero de 1959, Fidel Castro entró en La Habana. El día 2 de enero, en la sala de Directorio del Chase National Bank de Nueva York, en Manhattan, se reunieron los representantes de los consorcios financieros Morgan, Rockefeller, Mellon y Kuhn y Loeb, dueños de las riquezas naturales de Cuba. Se acordó esperar, a ver "¡qué hace este loco de la barba!".

El loco de la barba hizo estallar, en el patio trasero del imperio del petróleo, Texas, como pompas de jabón, todo el dominio comercial de Cuba por parte de los consorcios de Manhattan.

La historia de Cuba, hasta ese día de enero de 1959, fue así:

Durante los últimos veinte años del siglo XIX, los intereses bancarios de Nueva York se interesaron por el azúcar cubana. En el año 1896, ya tenían en su poder el equivalente a 30 millones de dólares. La Bethelehem Steel (de los Kuhn y Loeb en sociedad con los Rockefeller), consiguió concesiones en minas de fierro, níquel y manganeso. En 1910, los esfuerzos combinados de Rockefeller, Kuhn y Loeb, Mellon y Morgan, poseían azúcar y minas por valor de 50 millones» de dólares en Cuba. Ocho años antes, los infantes de marina norteamericanos habían dejado Cuba, pero seguían en la base de Guantánamo, pagando dos mil dólares... al año, de arriendo. El día antes de que Fidel Castro entrara en La Habana, el 31 de diciembre de 1958, el capital privado norteamericano controlaba el 90 por ciento de la electricidad y los teléfonos; el 50 por ciento de los ferrocarriles; el 40 por ciento de la producción de azúcar; y cantidad indeterminada de las minas de fierro, niquel y manganeso... y la prospección de petróleo.

El año 1959 transcurrió en la duda para los directores financieros en la sala color caoba del Chase National Bank de Nueva York. Pero en el amanecer del año 60, Castro fue preciso: nacionalización total. Pánico en Manhattan. Ordenes para la Casa Blanca. Y bajo la supervisión de Eisenhower, el Departamento de Defensa comenzó el estudio de la "Operación Pluto".

La Operación Pluto era la invasión de Cuba, que se transformaría en el fiasco de Bahía Cochinos, del lunes 17 de abril, de 1961... Regalo de la administración de hombres de negocios de Eisenhower... a la nueva administración de Kennedy.

Y Kennedy hizo fracasar la "Operación Pluto".



lunes, 18 de abril de 2016

HISTORIA DEL EJERCITO DE VENEZUELA... Y EL ERROR DE LA CONSTITUCIÓN DE 1999 LLEVARÁ A UN GOBIERNO MILITAR

La creación del Ejército Nacional y profesional de Venezuela

En el siglo XIX venezolano, el estamento militar, que entre 1811 y 1824 logró con su sangre y sus sacrificios la independencia, tuvo a partir de 1830 un peso desmedidamente inferior a lo que sus proezas militares se pensaba le daban derecho. Los fueros militares fueron abolidos en 1830.

El único intento serio de hacer que el estamento militar de la independencia se erigiera en un poder capaz de condicionar al Estado, de gobernar al gobierno, o ejercerlo directamente, fue el de la desgraciada "revolución de las reformas" de 1835, la cual fracasó porque el general Páez, quien se pensaba se pondría al frente de ella, la derrotó y puso en su lugar a los militares.

Apartando este hecho aislado y atípico, ni uno solo de los gobiernos ejercidos por militares en el siglo pasado fue militarista en el sentido estricto y moderno del término. Todos fueron gobiernos partidistas de una idea, una bandera o un caudillo, eso sí, con una fuerza armada propia. Ni uno solo de sus grandes caudillos, Páez, Monagas, Guzmán Blanco y Crespo fueron militaristas.

Eso explica en parte por qué no crearon un ejército profesional y permanente. La idea de crearlo era aborrecida por quienes podían hacerlo. Guzmán Blanco rechazó la idea de crear una escuela militar con el argumento de que podía convertirse en un vivero de godos. Y no le faltaba razón. Eso fue lo que sucedió en Chile.

La reforma militar del general Ramón Guerra durante el segundo gobierno de Crespo se refería a su equipamiento y su organización, no a la creación de un estamento militar profesional permanente y autónomo. Eso era anatema al pensamiento liberal, además de ser una amenaza a los caudillos regionales en cuyo sistema de equilibrio y acuerdos de mutuo apoyo y respeto se basó el sistema creado por Guzmán para gobernar a un país que se había vuelto ingobernable por la demencia federal.

La ferocidad de las guerras civiles que se inician en marzo de 1898 con el "grito de Queipa" dado por el "mocho" Hernández tras el fraude electoral del cual él había sido víctima en 1897, concluyeron cinco años después, en julio de 1903, cuando Juan Vicente Gómez derrotó en Ciudad Bolívar a Nicolás Rolando, el último de los caudillos de la Revolución Libertadora.

La experiencia de la guerra de la Revolución Libertadora llevó a Castro y a Gómez a entender y aceptar la necesidad y la conveniencia de crear una fuerza armada profesional y permanente, como se estaba haciendo en otras partes del mundo.

Cipriano Castro sentó las bases reglamentarias y mandó a construir el edificio que le serviría de sede a la Escuela Militar. Pero su carácter anárquico, disoluto, desorganizado y arbitrario derrotó su propósito. Fue Juan Vicente Gómez quien inauguró y puso en marcha en 1910 la Escuela Militar y a quien se le debe la creación del Ejército Nacional.

Hasta donde he podido indagar, quienes estaban próximos a Gómez y tenían las ideas más claras para crear un Ejército moderno eran los generales Francisco Linares Alcántara, quien había estudiado en West Point, y Félix Galavis. Hay consenso en que fue el coronel chileno Samuel McGill quien más trabajó y mejores resultados obtuvo en la marcha de primeros años de la Escuela Militar y en la tarea de organizar, equipar, disciplinar y vestir el Ejército que Gómez crea entre 1910 y 1913. En sus memorias, el coronel McGill nos deja una página que describe con gran elocuencia esta etapa de la historia del Ejército:

"Desde la época gloriosa de las guerras de la Independencia, en que el Ejército de Venezuela paseó victorioso su bandera por todo un continente, el Ejército había ido degenerándose hasta el punto de apenas ser digno de este nombre, todo por las constantes conmociones políticas en que se veía envuelto constantemente el país. Se mantuvo la institución en tal atraso y abandono que en la mayoría de los cuarteles los soldados dormían en el suelo por carecer de camas, los edificios destinados a tales fines carecían de toda clase de confort para la vida de las tropas. Se les mantenía en la mayor ignorancia, eran masas analfabetas. Para su aseo corporal eran llevados a los ríos más cercanos y allí aprovechaban para lavar las ropas que llevaban puestas, las secaban al sol y luego esperaban para volvérselas a poner. No usaban zapatos, sino alpargatas; los zapatos sólo se ponían incidentalmente, en el caso de tener que rendir honores a algún personaje nacional o extranjero o para asistir a algún entierro decretado por la superioridad militar. La oficialidad, como uniforme, llevaba generalmente una blusa azul abotonada en el cuello, por debajo un chaleco, el pantalón muchas veces era civil, la cabeza cubierta por un pequeño kepis, estilo francés, y terciado en el hombro un machete que colgaba de una banda de tela tricolor como de 10 centímetros de ancho. Este cuadro no podía ser más desalentador para el espíritu de un buen patriota".

La reforma militar de 1910 se hizo en tres frentes: el institucional, el organizativo y el de vestuario y equipamiento con material de guerra moderno.

Pero lo más importante era la idea de que el Ejército debía ser profesional y permanente y una fuerza al servicio del Estado central, defensora del gobierno y de las leyes, no de los caudillos. A éstos, Gómez los atrajo a su causa, cuando ello fue posible y los hizo parte de su gobierno entre 1909 y 1913. Cuando no fue posible, porque éstos regresaban a sus viejas prácticas, los persiguió, desarmó, exilió y encarceló con dureza.

El progreso institucional del Ejército de Gómez respondía a la aplicación de la doctrina militar de sus días, de entender al Ejército como un cuerpo apolítico estrictamente disciplinado, obediente, subordinado al gobierno central y no a partidos ni caudillos.

Mientras la preparación militar de los oficiales montoneros que habían aprendido a guerrear en el campo, se mejoraba con cursos; en la Escuela Militar que empieza a funcionar en el centenario de la Independencia en 1911, se forman los nuevos profesionales militares.

La creación del Ejército profesional y permanente por Gómez fue simultánea y complementaria a la organización del gobierno central, de su Hacienda Pública y su administración. Su objetivo primordial era la aniquilación de los caudillismos regionales, para lo que fue objetivo constante de Gómez la imposición de la paz en un país que, sin haber sido nunca militarista, no había cesado de guerrear.

El objetivo de la paz se logró. Cuando en 1935 Gómez muere, Venezuela había vivido por primera vez en su historia 27 años de paz, el gobierno tenía un Tesoro sano y solvente, no debía un céntimo fuera o dentro, poseía una Hacienda organizada y tenía un Ejército bien equipado, con bases sólidas de profesionalismo y disciplina. Sin esto, los gobiernos de López Contreras y Medina no hubieran podido hacer lo que hicieron.

El 18 de octubre de 1945 se dio el gran salto atrás. Buena parte de lo que se había logrado progresar desde 1910 sufrió un brusco retroceso.

Para calibrar acertadamente las normas y los principios constitucionales que hasta 1998 ordenaban y regulaban el poder militar, es conveniente comparar someramente las que hoy la ordenan y regulan con las que lo regulaban en la Constitución de 1961.

La Constitución de 1961 tenía tres artículos referidos a las Fuerzas Armadas. El artículo 331 era la continuación del principio de subordinación de la autoridad militar a la autoridad civil, contenida en todas las constituciones venezolanas desde 1811 y que se expresaba -entre otras cosas- en la obligada intervención del Poder Legislativo -en la mayoría de los casos a través del Senado- para autorizar ascensos militares de alta graduación. El artículo 131 repetía la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad civil y militar. El artículo 132 condensaba magistralmente la doctrina de lo que deben ser las Fuerzas Armadas de un Estado democrático. Hoy hay que recordar su letra:

"Las Fuerzas Armadas Nacionales forman una institución apolítica, obediente y no deliberante, organizada por el Estado para asegurar la defensa nacional, la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto de la Constitución y las leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación. Las Fuerzas Armadas Nacionales estarán al servicio de la República y en ningún caso al de una persona o parcialidad política".

La Constitución de 1999, eliminó la subordinación del poder militar al poder civil, cancelando el requisito de la autorización para los ascensos a oficiales superiores; eliminó la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad militar y la civil, con lo cual abrió la puerta para la doctrina de la llamada "unión cívico militar", que no ha sido otra cosa que la militarización del Estado; eliminó del texto de la Constitución el carácter no deliberante y apolítico de la institución militar, lo cual abría teóricamente el camino para que la Fuerza Armada como tal y los oficiales como individuos deliberaran políticamente, intervinieran y dieran su parecer sobre asuntos propios de los cuerpos deliberantes de la República; aunque en la práctica, como se ha visto, ello no ha sido así, pues hay oficiales imputados del delito del ultraje a la Fuerza Armada por haber emitido opiniones adversas a las políticas y las prácticas militares del gobierno.

Lo que es más significativo de lo que en 1961 se ordenaba y ahora no se ordena es que la Constitución de 1999 eliminó la obligación expresa de la Fuerza Armada de velar por la estabilidad de las instituciones democráticas y de respetar la Constitución y las leyes que -como lo decía el artículo 132- "su acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación".

En contraste con lo que se eliminó y omitió, se le otorgó a los militares el derecho al sufragio, lo cual parece incompatible con los principios militares de obediencia, disciplina y subordinación; se le otorgó a la Fuerza Armada competencia de policía administrativa, y se le acordó a los oficiales superiores el privilegio del antejuicio de mérito, que es una versión moderna de los antiguos fueros militares eliminados por la Constitución de 1830.

Lo más importante fue que se introdujo por primera vez en la historia constitucional de Venezuela la doctrina de la seguridad nacional y defensa integral. Semejante postulado no se encuentra en ninguna Constitución del mundo ni siquiera en las de los regímenes militares y militaristas. Según esta doctrina, todo, absolutamente todo, concierne a la seguridad del Estado, incluido el desarrollo económico y social. Con esto se sentó la base para la creación del tutelaje militar de todos los poderes del Estado.

Esta breve comparación entre lo que constitucionalmente regulaba el poder militar en 1998 cuando Chávez fue elegido presidente, y lo que hoy lo regula, requiere un examen de su genealogía histórica, que responda a estas inquietudes: ¿cómo y cuándo se creó el Ejército profesional y permanente venezolano?, ¿cómo se llegó a la formulación de la doctrina del Ejército del Estado democrático contenida en el artículo 132 de la Constitución de 1961?, ¿por qué y para qué se ha dado el salto atrás de la doctrina de la Seguridad Nacional, que regresa al Ejército de Venezuela al partido armado que era en los días de Joaquín Crespo?

Los gobiernos de militares no fueron militaristas

Sin examinar y repasar cuidadosamente todo lo que desde el punto de vista militar nos trajo a 1999, no podremos apreciar en toda su trágica dimensión la brutal regresión involutiva que significó la aprobación del Título VII de la Constitución bolivariana de 1999 y el enorme peligro que ella traía en su vientre, que hoy muestra lo que con ello se puede hacer y deshacer y la índole del caos anárquico al cual nos avienta y la opresión a la cual lleva.

Los pocos intentos que se han hecho para contar la historia del Ejército que combate y vence en Carabobo en 1821 y llega a la formulación de la doctrina venezolana de la Fuerza Armada del Estado democrático, concretada en el artículo 132 de la Constitución de 1961, son insuficientes para su buena inteligencia.

Esta historia corre desde la concepción doctrinaria y legal de lo que era la fuerza armada que defiende el territorio de lo que para 1777 se integró bajo la autoridad de la Capitanía General de Venezuela, con sede en Caracas; y en la cual se formaron militarmente -entre otros- Bolívar, Ribas y Sucre; pasa de allí a la formulación constitucional de las normas de lo que debía ser el Ejército de la República que se independiza en 1811, plasmadas en las constituciones de 1811, 1819 y 1821; llega al hito importante de la definición del poder militar de la Constitución de 1830, que ratifica el principio de subordinación del poder militar al poder civil establecido en las Constituciones precedentes; y da un paso de avance de gran significación cuando cancela y niega los fueros militares y eclesiásticos y crea la República laica y civil que otros pueblos hispánicos no lograron sino muchos años después.

Esa República colapsa en 1848 y estalla en mil pedazos diez años más tarde con la Guerra Federal que cancela todo vestigio de Ejército Nacional, y la Fuerza Armada se convierte en el ejército o los ejércitos de partidos, caudillos y facciones. Esto se reforma radicalmente en 1910 bajo el mando del general Juan Vicente Gómez, cuando se dan los primeros pasos para crear al Ejército Nacional profesional y permanente, al servicio del gobierno central con exclusión absoluta de ejércitos regionales. Este es el Ejército que, por una vía tortuosa repleta de contradicciones, llega a la formulación de la doctrina de la Fuerza Armada del Estado democrático, contenida en el artículo 132 de la Constitución de 1961.

Este brevísimo esquema se complementa con la advertencia necesaria para disipar el espejismo que falsifica la visión de la historia de Venezuela y que lleva a muchos a creer que su historia es de militares y militarismos. Eso es falso. Ningún gobierno de Venezuela, ejercido por militares hasta 1945, fue militarista. El primer gobierno militarista de Venezuela fue el de Marcos Pérez Jiménez. Y fue derrocado por militares. El segundo, probablemente vendra a raiz de este craso error constitucional..

Es verdad que de todos los gobiernos de los 70 años de historia de la República de Venezuela entre 1830 y 1899, sólo 6 años y 4 meses fueron de gobiernos presididos por civiles y 63 años y 8 meses fueron de gobiernos presididos por militares. Es verdad que de los civiles presidentes del siglo XIX José María Vargas fue derrocado en 1835 por la revolución militarista llamada "de las reformas", pero también es verdad que fue repuesto en el poder por el general Páez y este hecho es muy elocuente para demostrar la veracidad de mi tesis. El segundo civil presidente, Manuel Felipe Tovar, a quien en 1860 le tocó la desgracia de sufrir como vicepresidente del general Julián Castro -el más torpe e inepto de todos- se vio obligado a reemplazarlo, para luego tener que renunciar ante la imposibilidad de detener la demencia de la Guerra Federal y ser sustituido por el vicepresidente Pedro Gual, quien tres meses después fue derrocado por el general Páez. Otra de las trágicas ironías de nuestra historia.

Es verdad que el único presidente civil del siglo antepasado que concluyó el período de dos años para el cual fue elegido en 1888 fue Juan Pablo Rojas Paúl. Y también es verdad que fue sustituido por Raimundo Andueza Palacio en 1890, quien fue derrocado en 1892 por la revolución "Legalista" del general Joaquín Crespo.

También es verdad que los gobiernos de los generales Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita cubren los primeros 45 años del siglo XX. Pero lo que también es verdad es que los gobiernos de militares de 1830 a 1945 no fueron militaristas.

El virus de la patología militarista, traído de Perú, Chile y Argentina por oficiales que estudiaron allá, se inicia en 1945 con los militares de la logia conspirativa Unión Militar Patriótica, creada por Mario Vargas y encabezada por Marcos Pérez Jiménez, que el 18 de octubre de 1945 derrocan al gobierno civilista del general Isaías Medina Angarita.

Entre 1945 y 1948, Venezuela fue gobernada por una "Junta Revolucionaria de Gobierno", presidida por el civil Rómulo Betancourt, que llegó al poder de mano de los militares militaristas que formaron parte de la junta y fueron los que habían derrocado a Isaías Medina en el golpe militar del 18 de octubre de 1945. Así y entonces entró en Venezuela el germen del populismo militarista que campeaba en el mundo hispanoamericano, con el ejemplo emblemático de Juan Domingo Perón, el cual se expresará en los gobiernos de Mercado Jarrín y Velasco Alvarado en Perú.

Al brevísimo gobierno de nueve meses de Rómulo Gallegos, de febrero a noviembre de 1948, le siguieron 10 años de gobiernos de militares militaristas. Todos los gobiernos de 1948 a 1958 fueron nombrados por el Alto Mando Militar. Todos fueron militaristas.

Es verdad que de las 52 presidencias que ha tenido Venezuela en los 169 años que van de 1830 a 1999, 17 fueron ejercidas por civiles durante 53 años, y 35 lo fueron por militares, durante 116 años. Pero estos hechos y estas magnitudes brutas forman un gigantesco espejismo de falacias, en el cual se han ahogado los que hacen uso superficial e indebido de la etiqueta de militarismo.

En estricto sentido, esa etiqueta no es aplicable a la mayor parte de los gobiernos presididos por militares. A pesar de las apariencias, ni uno solo de los gobiernos ejercidos por militares entre 1830 y 1945, ¡ni uno solo!, merece el calificativo de militarista en los términos que esto se entiende en la historia contemporánea y se aplica a los regímenes militaristas de Alemania, en Europa, o de la Argentina, Brasil, Chile y Venezuela. Estos se refieren, en todos los casos, al poder y la influencia institucional del estamento militar en el gobierno y su derecho a ser un poder de hecho o de derecho dentro del Estado.

La doctrina de la Seguridad Nacional sintetiza eso. En los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial y en los años de la Guerra Fría, el "US Army War College" hizo suya la doctrina de Seguridad Nacional, pues le era útil para justificar a los regímenes militares autoritarios de la América hispana y de Europa, muchas veces tiránicos, siempre que fueran anticomunistas.

El primer gobierno militar de Venezuela que fue militarista y contó con la aprobación de Estados Unidos por ser anticomunista fue el de Marcos Pérez Jiménez. La doctrina del Nuevo Ideal Nacional era militarista.

El segundo gobierno militarista de nuestra historia esta muy cerca de suceder. La doctrina contenida en el Título VI de la Constitución bolivariana es militarista. Justifica, permite y auspicia el tutelaje militar de todos los poderes del Estado. Con la idea de la "defensa integral" lleva a la creación de una fuerza armada paralela, formada por milicias populares, desvinculadas de la Fuerza Armada como ella es definida en los artículos 328 y 329 de la Constitución de 1999.

jueves, 7 de abril de 2016

QUINTO SERTORIO Y SU REBELION EN HISPANIA

Perseguido por Sila, nuevo dictador de Roma, Sertorio encontró refugio en Hispania, acogido por los lusitanos. Durante varios años puso en jaque al poder de Roma, hasta que, traicionado por los suyos, fue asesinado en un banquete.


En el año 82 a.C., la entrada de Sila en Roma pareció poner fin a las luchas civiles entre aristócratas y demócratas (optimates y populares) que habían ensangrentado la República durante varios años. Tras su victoria en la batalla de la puerta Colina, Sila, proclamado dictador, ordenó terribles proscripciones contra sus enemigos y se lanzó a la caza de los líderes populares que habían huido a distintas provincias del Imperio, en Sicilia, África, Liguria e Hispania. En pocos meses, Pompeyo, general de confianza de Sila, cumplió la tarea e impuso su ley. Pero entonces, en 80 a.C., uno de los cabecillas populares reapareció para hacerse fuerte en Hispania y mantener en jaque a Roma durante casi diez años.

Este hombre se llamaba Quinto Sertorio. De oscuro linaje, Sertorio se curtió como militar en varios conflictos (en una acción perdió un ojo, algo de lo que se enorgullecería) y se alineó pronto con el bando de los populares, lo que le valió diversos cargos públicos. Poco antes de la entrada de Sila, marchó de Roma para asumir el cargo de gobernador de la Hispania Citerior, de donde pronto fue desalojado por un nuevo pretor enviado por Sila. Sertorio se refugió en Mauritania, donde enseguida se lanzó a reclutar un ejército para continuar la lucha contra Sila. Fue allí donde recibió una propuesta inesperada: los lusitanos le ofrecían encabezar una rebelión contra Roma. Los intereses de los lusitanos no coincidían exactamente con los de Sertorio: aquéllos querían librarse del yugo de Roma, mientras que Sertorio sólo pretendía acabar con el poder de Sila. Pero tenían un enemigo común que hizo posible la alianza. Sertorio ya había estado en Hispania en el año 98 a.C., acompañando al cónsul Didio, que actuó con implacable dureza contra los nativos; esa experiencia le hizo ver que era mucho más inteligente tenerlos como aliados. Así, en el año 80 a.C. Sertorio dejó una parte de sus tropas en África y marchó con 4.000 hombres a la Península.

La alianza con los lusitanos

Los lusitanos acogieron a Sertorio con los brazos abiertos y lo reconocieron enseguida como su jefe indiscutido, viendo en él en cierto modo a un nuevo Viriato, el caudillo que casi setenta años atrás los había liderado en su gran guerra contra Roma. Para ellos, Sertorio encarnaba al buen romano, al general aguerrido y al hombre dotado de cualidades sobrenaturales; muy supersticiosos, los lusitanos llegaron a creer que el general romano podía conocer el futuro a través de una cervatilla blanca que le regaló un lugareño. Sertorio, por su parte, se apresuró a adiestrarlos en la disciplina militar romana. Como escribe Plutarco, «acostumbrándolos a las armas, a la formación y al orden de la milicia romana, y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, redujo sus fuerzas a la forma de un ejército, de grandes cuadrillas de bandoleros que antes parecían».

Gracias a su alianza con los lusitanos, Sertorio encadenó las victorias sobre las fuerzas romanas en Hispania. Su táctica combinaba los métodos romanos con la peculiar lucha de guerrillas lusitana, basada en no dar tregua al enemigo, devastar y rapiñar, obrar con rapidez y evitar batallas en campo abierto. Así logró poner en jaque a Cecilio Metelo, el procónsul enviado por Sila a Hispania, derrotándolo repetidamente mediante estratégicas retiradas. Acto seguido, Sertorio encabezó una gran incursión hacia la Hispania Citerior, un cómodo paseo triunfal en el que tomó primero Segóbriga y Caraca, y luego Bílbilis y Contrebia. Era el territorio de los celtíberos, quienes hicieron también causa común con el general romano.

Sertorio alcanzó entonces la cumbre de su poder. Decidido a asegurarse el apoyo de los celtíberos, fundó en Osca (la actual Huesca) una escuela con el fin de instruir a los hijos de los nobles celtíberos y, de paso, mantenerlos como rehenes. Además, creó en la misma ciudad un senado indígena, aunque le concedió tan sólo funciones consultivas. Con ello, Sertorio se acercaba a la figura que unos años más tarde encarnaría el propio Augusto, pues su verdadera intención era convertirse en emperador. Según el estudioso Adolf Schulten, el propósito de Sertorio era crear en Hispania una segunda Roma para lograr luego el control de la capital.


La guerra contra Roma

Hispania se convirtió en una caja de resonancia de la política romana, el escenario en el que se iba a decidir quién sería el hombre fuerte de Roma. Todos confluyeron allí. Marco Perpenna Vento, uno de los cabecillas del bando popular huido de la persecución de Sila, unió sus fuerzas a las de Sertorio, quien con la nueva ayuda llevó a cabo una gran ofensiva hacia el Levante. Al mismo tiempo, Pompeyo cruzó los Pirineos con un nutrido ejército y marchó al encuentro de los «rebeldes». Pompeyo logró vencer a Perpenna, muy inferior en astucia y valentía al propio Sertorio, pero este último se interpuso entre ambos y puso sitio a la ciudad de Lauro, entre el campamento de Pompeyo en Sagunto y Valentia, adonde había huido Perpenna. Cuando Pompeyo acudió a socorrer a sus aliados en Lauro, Sertorio le hizo creer que un contingente suyo lo atacaría por la espalda. Consiguió, así, que los habitantes de Lauro se rindieran; Sertorio les concedió la libertad, pero arrasó la ciudad, «no por cólera o crueldad –escribe Plutarco–, porque entre todos los generales parece que fue éste el que menos se dejó llevar por la ira, sino para afrenta y mengua de los que tanto admiraban a Pompeyo».

Pero, desde entonces, la suerte de Sertorio empezó a cambiar. La llegada de las tropas de Metelo, quien había logrado acabar con Lucio Hirtuleyo, hombre de confianza de Sertorio, incrementó mucho la presión sobre éste. Aunque las batallas de Sucron y Sagunto fueron de resultado incierto, sirvieron a Pompeyo para ganar tiempo y obtener de Roma más recursos y tropas. Pudo así, al año siguiente, atacar las bases de Sertorio en territorio celtibérico, poniendo sitio a Calagurris (Calahorra).

Sertorio se vio obligado a refugiarse en Osca, donde se convirtió en un personaje vil y despótico. Las relaciones con los pueblos nativos se enturbiaron; el caudillo antes aclamado llegó ahora a ordenar la muerte o la venta como esclavos de los estudiantes-rehenes de la escuela oscense. También entre sus aliados romanos cundió el recelo hacia su persona y el miedo a que los arrastrase a la perdición. Fue entonces cuando, movido por la envidia y alentado por la promesa de perdón que el Senado romano había hecho a los partidarios de Sertorio que depusieran las armas, Perpenna tramó una conspiración contra él. Lo invitó a un banquete en su casa para celebrar una falsa victoria, y allí él y los otros diez conjurados lo apuñalaron hasta la muerte. Acabó así la carrera de un general al que Plutarco no dudaba en comparar con otros grandes caudillos de la historia antigua, como Filipo, Antígono y Aníbal; «más fiel y humano que todos ellos, no menos prudente que ninguno, tan sólo les fue inferior en la fortuna, hasta caer asesinado como cabecilla de unos bárbaros».

lunes, 4 de abril de 2016

ERROR EN LA CONSTITUCIÓN CONDUCE A LA ANARQUÍA MILITAR

La Constitución "bolivariana" de 1999 tiene un admirable catálogo de derechos humanos. Pero lo que establece en el Título VII sobre la "seguridad de la Nación" es un cáncer maligno y mortal que plantea la posibilidad que esa Constitución sea la base de un gobierno que no podrá, con propiedad, llamarse "democrático", pues estará sometido al tutelaje militar. Las adulteraciones y desviaciones que se producen con la prestidigitación y el manejo artero de los conceptos abstractos de "seguridad", "defensa" y "fuerza armada" se hacen posibles cuando se aíslan conceptualmente los componentes orgánicos de lo que es una unidad viva e indivisible. La manipulación de las ideas y conceptos de seguridad y defensa produce sofismas. El más viejo y mejor conocido de todos es el sofisma que parte de la idea de la necesaria subordinación de la salud de todos los órganos vitales del Estado al bienestar de uno de ellos. Con ello se justifica la subordinación de los derechos individuales reales a un derecho colectivo abstracto que tiene un solo interprete que se abroga su representación. En el siglo XVIII este fue el camino argumental de las desviaciones de la Revolución Francesa hacia la democracia jacobina, que partían de una mala interpretación de lo que Rousseau argumentó para proponer la idea de la "volonté generale".

 A ella se emparentó el pensamiento de Hegel. Y todo eso llevó a la justificación de los Estados totalitarios del siglo XX. Aislar el concepto de la seguridad y la defensa de su organicidad social es el primer paso dialéctico para justificar la subordinación de toda la sociedad y de todas instituciones del Estado a la interpretación que de las necesidades de seguridad y defensa haga el jefe supremo. Ese fue el paso previo para la construcción de un sofisma constitucional justificatorio de la tutela militarista de una tiranía populista que es a lo que lleva el Título VI de la Constitución llamada 'bolivariana'. Su primera consecuencia es la desviación y destrucción de las funciones y responsabilidades defensivas de la Fuerza Armada y su conversión en el brazo armado de quien ha sido ungido como el supremo intérprete de las necesidades de seguridad y defensa. Su última consecuencia es la total inseguridad y la indefensión de los individuos y sus derechos frente al Estado. La Constitución de 1999 fue el producto de proposiciones incompatibles y contradictorias. De allí su inorganicidad implosiva. Por un lado, constitucionalistas como Ricardo Combellas y Hermann Escarrá llevaron proposiciones que se materializaron en los avanzados y loables artículos relativos a la democracia participativa, entre los cuales está el principio de la revocabilidad de todo mandato electoral por medio de referéndum popular.

Lo más peligroso de todo lo que se hizo en 1999, dentro y fuera de la Asamblea Constituyente, y lo que se hizo después y tuvo consecuencias más destructoras, fue sentar las bases para la militarización de la política como consecuencia de un modelo de Estado que consagraba el tutelaje militar de la sociedad civil. Pero para poder hacer eso había que destruir las bases éticas de lo que habían sido el Ejército de una sociedad democrática. Lo que se propuso como "Sistema de Seguridad y Defensa" y lo que en definitiva se aprobó en la Asamblea fue la artera politización del estamento militar implícito en todo lo que se puso en marcha bajo la excusa de su "democratización" y su "inserción" en la sociedad de la cual se decía estaba "aislada". Esto es lo que se cubrió con el manejo falaz de los conceptos de la seguridad y la defensa. Para ello se dijo que se le quitaría a la Fuerza Armada el carácter no deliberante y obediente y se le otorgaría el derecho al voto a los militares. Para mí estaba claro que ello llevaba a la metamorfosis del poder militar en un poder supraconstitucional de tutelaje sobre todos los poderes del Estado. Eso no era nuevo.

Para calibrar acertadamente las normas y los principios constitucionales que hasta 1998 ordenaban y regulaban el poder militar, es conveniente comparar someramente las que hoy la ordenan y regulan con las que lo regulaban en la Constitución de 1961.

La Constitución de 1961 tenía tres artículos referidos a las Fuerzas Armadas. El artículo 331 era la continuación del principio de subordinación de la autoridad militar a la autoridad civil, contenida en todas las constituciones venezolanas desde 1811 y que se expresaba -entre otras cosas- en la obligada intervención del Poder Legislativo -en la mayoría de los casos a través del Senado- para autorizar ascensos militares de alta graduación. El artículo 131 repetía la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad civil y militar. El artículo 132 condensaba magistralmente la doctrina de lo que deben ser las Fuerzas Armadas de un Estado democrático. Hoy hay que recordar su letra:

"Las Fuerzas Armadas Nacionales forman una institución apolítica, obediente y no deliberante, organizada por el Estado para asegurar la defensa nacional, la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto de la Constitución y las leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación. Las Fuerzas Armadas Nacionales estarán al servicio de la República y en ningún caso al de una persona o parcialidad política".

La Constitución de 1999, eliminó la subordinación del poder militar al poder civil, cancelando el requisito de la autorización para los ascensos a oficiales superiores; eliminó la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad militar y la civil, con lo cual abrió la puerta para la doctrina de la llamada "unión cívico militar", que no ha sido otra cosa que la militarización del Estado; eliminó del texto de la Constitución el carácter no deliberante y apolítico de la institución militar, lo cual abría teóricamente el camino para que la Fuerza Armada como tal y los oficiales como individuos deliberaran políticamente, intervinieran y dieran su parecer sobre asuntos propios de los cuerpos deliberantes de la República; aunque en la práctica, como se ha visto, ello no ha sido así, pues hay oficiales imputados del delito del ultraje a la Fuerza Armada por haber emitido opiniones adversas a las políticas y las prácticas militares del gobierno de turno.

Lo que es más significativo de lo que en 1961 se ordenaba y ahora no se ordena es que la Constitución de 1999 eliminó la obligación expresa de la Fuerza Armada de velar por la estabilidad de las instituciones democráticas y de respetar la Constitución y las leyes que -como lo decía el artículo 132- "su acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación".

En contraste con lo que se eliminó y omitió, se le otorgó a los militares el derecho al sufragio, lo cual parece incompatible con los principios militares de obediencia, disciplina y subordinación; se le otorgó a la Fuerza Armada competencia de policía administrativa, y se le acordó a los oficiales superiores el privilegio del antejuicio de mérito, que es una versión moderna de los antiguos fueros militares eliminados por la Constitución de 1830.

Lo más importante fue que se introdujo por primera vez en la historia constitucional de Venezuela la doctrina de la seguridad nacional y defensa integral. Semejante postulado no se encuentra en ninguna Constitución del mundo ni siquiera en las de los regímenes militares y militaristas. Según esta doctrina, todo, absolutamente todo, concierne a la seguridad del Estado, incluido el desarrollo económico y social. Con esto se sentó la base para la creación del tutelaje militar de todos los poderes del Estado.

Esto requiere un examen de genealogía histórica, que responda a estas inquietudes: ¿cómo y cuándo se creó el Ejército profesional y permanente venezolano?, ¿cómo se llegó a la formulación de la doctrina del Ejército del Estado democrático contenida en el artículo 132 de la Constitución de 1961?, ¿por qué y para qué se ha dado el salto atrás de la doctrina de la Seguridad Nacional, que regresa al Ejército de Venezuela al partido armado que era en los días de Joaquín Crespo?

Los gobiernos de militares no fueron militaristas

Sin examinar y repasar cuidadosamente todo lo que desde el punto de vista militar nos trajo a 1999, no podremos apreciar en toda su trágica dimensión la brutal regresión involutiva que significó la aprobación del Título VII de la Constitución bolivariana de 1999 y el enorme peligro que ella traía en su vientre, que hoy muestra lo que con ello se puede hacer y deshacer y la índole del caos anárquico al cual nos avienta y la opresión a la cual lleva o llevará.

Los pocos intentos que se han hecho para contar la historia del Ejército que combate y vence en Carabobo en 1821 y llega a la formulación de la doctrina venezolana de la Fuerza Armada del Estado democrático, concretada en el artículo 132 de la Constitución de 1961, son insuficientes para su buena inteligencia.

Esta historia corre desde la concepción doctrinaria y legal de lo que era la fuerza armada que defiende el territorio de lo que para 1777 se integró bajo la autoridad de la Capitanía General de Venezuela, con sede en Caracas; y en la cual se formaron militarmente -entre otros- Bolívar, Ribas y Sucre; pasa de allí a la formulación constitucional de las normas de lo que debía ser el Ejército de la República que se independiza en 1811, plasmadas en las constituciones de 1811, 1819 y 1821; llega al hito importante de la definición del poder militar de la Constitución de 1830, que ratifica el principio de subordinación del poder militar al poder civil establecido en las Constituciones precedentes; y da un paso de avance de gran significación cuando cancela y niega los fueros militares y eclesiásticos y crea la República laica y civil que otros pueblos hispánicos no lograron sino muchos años después.

Esa República colapsa en 1848 y estalla en mil pedazos diez años más tarde con la Guerra Federal que cancela todo vestigio de Ejército Nacional, y la Fuerza Armada se convierte en el ejército o los ejércitos de partidos, caudillos y facciones. Esto se reforma radicalmente en 1910 bajo el mando del general Juan Vicente Gómez, cuando se dan los primeros pasos para crear al Ejército Nacional profesional y permanente, al servicio del gobierno central con exclusión absoluta de ejércitos regionales. Este es el Ejército que, por una vía tortuosa repleta de contradicciones, llega a la formulación de la doctrina de la Fuerza Armada del Estado democrático, contenida en el artículo 132 de la Constitución de 1961.

Este brevísimo esquema se complementa con la advertencia necesaria para disipar el espejismo que falsifica la visión de la historia de Venezuela y que lleva a muchos a creer que su historia es de militares y militarismos. Eso es falso. Ningún gobierno de Venezuela, ejercido por militares hasta 1945, fue militarista. El primer gobierno militarista de Venezuela fue el de Marcos Pérez Jiménez. Y fue derrocado por militares. El segundo, probablemente esté en vías de crearse...

Es verdad que de todos los gobiernos de los 70 años de historia de la República de Venezuela entre 1830 y 1899, sólo 6 años y 4 meses fueron de gobiernos presididos por civiles y 63 años y 8 meses fueron de gobiernos presididos por militares. Es verdad que de los civiles presidentes del siglo XIX José María Vargas fue derrocado en 1835 por la revolución militarista llamada "de las reformas", pero también es verdad que fue repuesto en el poder por el general Páez y este hecho es muy elocuente para demostrar la veracidad de mi tesis.

El segundo civil presidente, Manuel Felipe Tovar, a quien en 1860 le tocó la desgracia de sufrir como vicepresidente del general Julián Castro -el más torpe e inepto de todos- se vio obligado a reemplazarlo, para luego tener que renunciar ante la imposibilidad de detener la demencia de la Guerra Federal y ser sustituido por el vicepresidente Pedro Gual, quien tres meses después fue derrocado por el general Páez. Otra de las trágicas ironías de nuestra historia.

Es verdad que el único presidente civil del siglo antepasado que concluyó el período de dos años para el cual fue elegido en 1888 fue Juan Pablo Rojas Paúl. Y también es verdad que fue sustituido por Raimundo Andueza Palacio en 1890, quien fue derrocado en 1892 por la revolución "Legalista" del general Joaquín Crespo.

También es verdad que los gobiernos de los generales Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita cubren los primeros 45 años del siglo XX. Pero lo que también es verdad es que los gobiernos de militares de 1830 a 1945 no fueron militaristas.

El virus de la patología militarista, traído de Perú, Chile y Argentina por oficiales que estudiaron allá, se inicia en 1945 con los militares de la logia conspirativa Unión Militar Patriótica, creada por Mario Vargas y encabezada por Marcos Pérez Jiménez, que el 18 de octubre de 1945 derrocan al gobierno civilista del general Isaías Medina Angarita.

Entre 1945 y 1948, Venezuela fue gobernada por una "Junta Revolucionaria de Gobierno", presidida por el civil Rómulo Betancourt, que llegó al poder de mano de los militares militaristas que formaron parte de la junta y fueron los que habían derrocado a Isaías Medina en el golpe militar del 18 de octubre de 1945. Así y entonces entró en Venezuela el germen del populismo militarista que campeaba en el mundo hispanoamericano, con el ejemplo emblemático de Juan Domingo Perón, el cual se expresará en los gobiernos de Mercado Jarrín y Velasco Alvarado en Perú.

Al brevísimo gobierno de nueve meses de Rómulo Gallegos, de febrero a noviembre de 1948, le siguieron 10 años de gobiernos de militares militaristas. Todos los gobiernos de 1948 a 1958 fueron nombrados por el Alto Mando Militar. Todos fueron militaristas.

Es verdad que de las 52 presidencias que ha tenido Venezuela en los 169 años que van de 1830 a 1999, 17 fueron ejercidas por civiles durante 53 años, y 35 lo fueron por militares, durante 116 años. Pero estos hechos y estas magnitudes brutas forman un gigantesco espejismo de falacias, en el cual se han ahogado los que hacen uso superficial e indebido de la etiqueta de militarismo.

En estricto sentido, esa etiqueta no es aplicable a la mayor parte de los gobiernos presididos por militares. A pesar de las apariencias, ni uno solo de los gobiernos ejercidos por militares entre 1830 y 1945, ¡ni uno solo!, merece el calificativo de militarista en los términos que esto se entiende en la historia contemporánea y se aplica a los regímenes militaristas de Alemania, en Europa, o de la Argentina, Brasil, Chile y Venezuela. Estos se refieren, en todos los casos, al poder y la influencia institucional del estamento militar en el gobierno y su derecho a ser un poder de hecho o de derecho dentro del Estado.

La doctrina de la Seguridad Nacional sintetiza eso. En los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial y en los años de la Guerra Fría, el "US Army War College" hizo suya la doctrina de Seguridad Nacional, pues le era útil para justificar a los regímenes militares autoritarios de la América hispana y de Europa, muchas veces tiránicos, siempre que fueran anticomunistas.

El primer gobierno militar de Venezuela que fue militarista y contó con la aprobación de Estados Unidos por ser anticomunista fue el de Marcos Pérez Jiménez. La doctrina del Nuevo Ideal Nacional era militarista.

El segundo gobierno militarista de nuestra historia seguramente nacerá de este craso error constitucional. La doctrina contenida en el Título VI de la Constitución bolivariana es militarista. Justifica, permite y auspicia el tutelaje militar de todos los poderes del Estado.